El triunfo en el fútbol, broche de oro para España en Barcelona 92


MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (5)

Sábado 8 de agosto de 1992. Los Juegos Olímpicos de Barcelona llegaban a su recta final, y en ellos el deporte español estaba logrando los éxitos más importantes de toda su historia. En total fueron 13 medallas de oro, 7 de plata y 2 de bronce, para un total de 22. Las preseas iban cayendo en deportes de todo tipo de modalidades, siendo el momento de mayor apoteosis la triunfal llegada de Fermín Cacho como campeón en los 1.500 metros, éxito del que hablaremos en otra ocasión.

Sin embargo, minutos después del enorme éxito de Cacho en el Estadio Olímpico, tendría lugar otro triunfo de bastante menor importancia dentro de la familia olímpica, pero casi tan significativo como éste para nuestro país. Me refiero, lógicamente, a la no menos apoteósica victoria contra Polonia (3-2) en la final de fútbol.

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Porque como sabe todo el que tenga mayor o menor idea de lo que son los Juegos Olímpicos, el fútbol no es precisamente uno de los deportes señeros dentro del programa; pero es obvio que, en España y en muchos países del mundo, es el más seguido, el más accesible y, por supuesto, el deporte rey; y que la selección española también aportara su granito de arena a la elevada cuenta de éxitos de aquellos míticos Juegos con el último de los oros no fue sino la guinda perfecta de aquellos 16 días de verdadera gloria para el deporte nacional.

Una gran generación
Después de una impecable trayectoria (cinco partidos, cinco victorias y cero goles en contra) en el estadio de Mestalla -entonces todavía se llamaba Luis Casanova-, España se plantó en la final del Camp Nou como máximo favorito para conquistar la medalla de oro. Aquel equipo, con Vicente Miera en el banquillo, estaba compuesto por hombres que luego desempeñarían un papel verdaderamente relevante a nivel nacional e internacional, como, por ejemplo, Pep Guardiola, ya cerebro titular del Barça de Johan Cruyff; Kiko -“Quico” por aquella época-, que comenzaba a destacar en el Cádiz; Alfonso, que intentaba abrirse paso en el Madrid, pero que alcanzaría verdadero renombre en el Real Betis Balompié; Luis Enrique, que desde el Sporting había llegado al Madrid y luego se convertiría en uno de los grandes ídolos del barcelonismo; Amavisca, producto de la cantera vallisoletana que dos años después formó un dúo letal en el Bernabéu junto a Zamorano; Ferrer, el “Chapi”, el insuperable lateral derecho del Barça y, en sus últimos años, del Chelsea; Abelardo, cabecedor implacable desde su puesto de central, que logró aquel oro siendo del Sporting y que luego sería todo un pilar del Barça y de la selección absoluta; y Cañizares, que no pudo triunfar en el Madrid pero que, hasta hace nada, era el capitán del Valencia; aunque el portero titular de aquella selección terminó siendo otro grande como Toni, ex del Espanyol y del Atlético de Madrid.

Pero delante no estaba precisamente un equipo de Regional; sino Polonia, una selección que había maravillado durante todo el torneo con un fútbol eléctrico y vistoso, liderado por su trío atacante compuesto por Wojciech Kowalczyk -el famoso delantero que dos años más tarde acabó en el Betis de Serra Ferrer-; Andrezj Juskowiak, que hizo carrera en Grecia, Portugal y Alemania; y Ryszard Staniek, que también probó en la liga española, concretamente en el Osasuna.

Aquel día servidor de ustedes estaba en Riotinto pasando unas vacaciones con mi familia de la conocida localidad minera onubense; y cuando empezó la batalla mi querido tío Muñiz (que en paz descanse) y yo estábamos los dos pegados ante el televisor, dispuestos a disfrutar de un gran espectáculo. Sin embargo, como se esperaba, la selección polaca fue un hueso muy duro y, pese al mejor juego de España, fueron ellos los que se adelantaron en el marcador, al aprovechar Kowalzcyk un garrafal error de López, el defensa del Atlético, y batir a Toni en su salida. Primer gol que recibía el meta por entonces del Figueras en todo el torneo. Era el minuto 45, y todos nos llevamos un gran jarro de agua fría.

Había que reaccionar, y eso fue lo que hizo Vicente Miera. El técnico cántabro metió a su paisano Amavisca quien, desde la banda izquierda, dio mucha más consistencia al ataque de España. Una falta lateral provocada por él mismo a los 19 minutos significó el gol del empate, y la reactivación de las esperanzas de la afición española. Guardiola la puso medida al segundo palo y Abelardo se adelantó a todos y cabeceó impecablemente al fondo de las mallas. Polonia acusó el golpe, y 4 minutos después Kiko le “robó la cartera” a la defensa y batió al portero Klak con un sutil toque.

La selección había hecho lo más difícil; pero los polacos demostraron una vez más ser un equipo con carácter, que no se rendía ante las adversidades, y a falta de un cuarto de hora equilibraron la contienda. Staniek aprovechó un gran pase de su compañero Brzeczek, se benefició del error de la defensa española al hacer el fuera de juego y batió de nuevo a Toni con un toque de suprema calidad. Dos a dos a la media hora del segundo tiempo.

Era la hora del público, de las 95.000 personas que abarrotaron el Camp Nou, que animaron sin cesar al equipo desde el primer minuto hasta el último. Para que luego digan que Barcelona no es capaz de responder positivamente a la llamada de la selección española… En fin, que los espectadores llevaron en volandas a España, que no cejó en su empeño de ir a por la victoria, ante unos polacos que se encontraban a la espera de una contra con la que evitar una prórroga que, más que nunca, buscaban con verdadero ahínco.

Kiko nos lleva al éxtasis
La insistencia de la selección tuvo su fruto en el histórico último minuto de aquella final. El balón se marchó a córner después de una jugada de Luis Enrique; el saque de Ferrer lo recibió el propio jugador asturiano, cuyo chut lo rechazó la defensa. La pelota cayó entonces a los pies de Kiko, el mejor jugador de España en aquellos juegos, que mandó un certero disparo al fondo de las mallas, por encima de Klak y de los dos hombres que cubrían la portería polaca.

El gol de Kiko, que hizo que tanto mi tío como yo nos levantáramos del sofá para celebrarlo como se merecía, entró por derecho propio en la lista de goles memorables de la selección nacional -aunque no fuera con la absoluta-, junto, por ejemplo, al de Zarra a Inglaterra en el Mundial de 1950; al de Marcelino a la URSS en la Eurocopa de 1964; al de Rubén Cano a Yugoslavia en la clasificación para el Mundial 1978; al de Señor el día del mítico 12-1 a Malta; o al de Maceda a Alemania Federal en la Eurocopa del 84. Luego llegarían el de Fernando Hierro a Dinamarca en 1993; el de Alfonso a Yugoslavia en la Eurocopa 2000; y, por supuesto, el de Fernando Torres a Alemania en la final del torneo continental de hace dos años.

Fue el final soñado para el torneo de fútbol; tradicionalmente minusvalorado dentro del programa olímpico pero cuya final, gracias a estos dos grandes equipos y, especialmente para la afición española, gracias al golazo final de Kiko, se hizo un hueco con todos los honores dentro de los momentos estelares de -y no lo digo por chovinismo, entre otras cosas porque no es mi estilo- los mejores Juegos Olímpicos de la historia.

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