Khorkina o la elegancia al servicio de la gimnasia


MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (31)

Hoy se disputa la final individual femenina de los campeonatos del mundo de gimnasia artística, que este año se están celebrando en Tokio, la capital de Japón. Y ante un evento como éste, uno no puede por menos que acordarse de una de las más grandes campeonas de la historia de este deporte; posiblemente la más grande, tanto por longevidad como por palmarés, que uno haya tenido la ocasión de ver en directo.

Hablo, naturalmente, de SVETLANA KHORKINA (pronúnciese Jórkina). Hay quien es reticente a situarla en el olimpo de la gimnasia femenina por el hecho de que se le negase el oro olímpico -siempre refiriéndonos al concurso general-; pero por esa regla de tres, por ejemplo, habría que excluir también de esa lista a la otra gran Svetlana, la gran dama Boguinskaia, maestra en cierto modo de Khorkina en elegancia y marcando estilo, de la cual todos estamos de acuerdo en que su grandeza apenas tiene parangón.

Es verdad que la gran estrella rusa lo más lejos que pudo llegar en unos Juegos fue a la plata en su última gran competición, Atenas 2004, tras una cerrada lucha contra una estadounidense nueve años más joven que ella -25 contra 16-, a la que había vencido un año antes en los mundiales y de la que, tras la cita ateniense, nunca más se supo: Carly Patterson. Pero ello no desmerece ni mucho menos el extensísimo historial de esta extraordinaria deportista que se retiró hace ya siete años ni más ni menos que con tres campeonatos del mundo -récord absoluto, teniendo en cuenta eso sí que hasta mediados de los 70 se celebraban cada cuatro años- y otros tantos europeos, como logros más sobresalientes.

Algo tremendamente meritorio dado que, a lo largo de sus once años de carrera deportiva, tuvo que coincidir con grandes campeonas de varias generaciones como la propia Boguinskaia (Bielorrusia), Lilia Podkopayeva (Ucrania), Shannon Miller (USA), Lavinia Milosovici, Simona Amanar o Andrea Raducan (las tres de Rumanía), y también con la fugaz eclosión de la ya mencionada Patterson (USA).

Gran maestra en las asimétricas -dos títulos olímpicos, cinco mundiales y seis europeos en este aparato para ella- y espectacular también en suelo, Khorkina logró su primer resultado de relevancia mundial en los campeonatos de 1995, celebrados en Sabae (Japón), ocupando la segunda posición a algo más de una décima de Podkopayeva, -posteriormente también campeona olímpica en el 96-; pero debió esperar a dos años más tarde para, en Lausana (Suiza), ganar su primer oro venciendo a Amanar y a su compatriota Elena Produnova.

Tanto este primer título como el segundo, en 2001, sirvieron como bálsamo de sendas decepciones olímpicas, en Atlanta 96 y Sidney 2000, donde no pudo acabar entre las mejores y donde se tuvo que conformar con el oro en “sus” asimétricas, curiosamente las mismas que le apartaron de las medallas en los concursos generales. En 2001, ya con 22 años y con la retirada más que preparada según muchos, fue a Gante (Bélgica) y dijo que ahí seguía ella dando guerra, imponiéndose por delante de la también rusa Natalia Ziganshina y de la campeona olímpica en Sidney -para mí lo es pese a que los resultados oficiales digan lo contrario- Andrea Raducan.

Aquel triunfo supuso el inicio de la que, en mi particularísima opinión, fue su mejor etapa, la crepuscular; culminada con el apoteósico oro de 2003, el tercero y último de su carrera a sus 24 años, cuando, pese a haber ganado en 2002 su tercer europeo consecutivo, todos la daban ya por acabada. Más aún cuando en la ronda de clasificación, en la ciudad californiana de Anaheim, no se metió en ninguna final por aparatos y apenas ocupó la tercera plaza en la general.

Pero en la final “Sveta” resurgió de sus cenizas, algo que se pudo comprobar en sus sempiternas asimétricas -que parecían haberle abandonado- y en la barra de equilibrios, donde se la jugó al límite. En suelo, con un ejercicio de estilo para ella clásico, en el que desplegó toda su elegancia y todos sus “truquillos” de veterana, acabó con el sueño de la debutante Carly Patterson -que competía en casa-, quien no pudo frenar en su último aparato, el salto, al “vendaval Khorkina”.

Un año más tarde, en la cita olímpica, Patterson se tomó la revancha en una final tildada por algunos de polémica, por el supuesto trato de favor que la estadounidense gozó de los jueces con respecto a la rusa -tercera fue, tanto en Anaheim como en Atenas, la china Zhang Nan-, que no pudo poner la guinda a un palmarés más que envidiable con el oro olímpico -aunque sí mejoró notabilísimamente sus prestaciones de Atlanta y Sidney-, pero cuyo amplísimo legado, tanto en títulos como en calidad gimnástica y, sobre todo, en carisma, permanecerá en el historial de la gimnasia para siempre.

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