Eduardo Vasco: muchas más luces que sombras en la CNTC



Quien bien me conoce es sabedor del aprecio profesional y personal que le tengo a este gran -y controvertido al mismo tiempo- director escénico que es Eduardo Vasco. No me considero amigo suyo ni mucho menos; pero desde que fuera profesor mío en la UNIA (Universidad Internacional de Andalucía, curso de Dirección Escénica en la Sede “Antonio Machado” de Baeza) en julio de 2006, las pocas veces que nos hemos encontrado -siempre a raíz de alguno de sus trabajos- se ha portado muy bien tanto conmigo como con mis amigos más cercanos. Lo que no me impide, por supuesto, hacerle críticas negativas cuando considero que no hace las cosas bien, pero siempre desde el respeto.

Por eso hoy, día 27 de marzo, Día Mundial del Teatro -o al menos eso dicen-, me parece oportuno realizar un breve compendio de su trayectoria en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (de aquí en adelante CNTC), a la que estuvo dirigiendo durante ocho años (2004 a 2011, ambos inclusive) antes de ser sustituido por Helena Pimenta; y de la que se ha despedido, espero y deseo que momentáneamente, con su reciente montaje de El perro del hortelano, de Lope de Vega.

Han pasado ya casi doce años desde aquel Don Juan Tenorio, en coproducción con el Centro Dramático Nacional, que supuso el bautismo de Eduardo en la CNTC. Una versión encabezada por Ginés García Millán y Cristina Pons de la que que no pude llegar a disfrutar, primero porque nunca llegó a Sevilla; y segundo, porque mi relación con el mundo del teatro clásico por aquella época todavía era poco menos que inexistente.

Tuve que esperar hasta 2006, en el curso anteriormente citado, para conocerle y poder empezar a evaluar su labor en la que para mí es la compañía teatral más importante que tenemos en España, y también la más olvidada a la hora de la concesión de los más renombrados galardones. En Baeza analizamos los que en mi opinión son sus dos mejores trabajos: El castigo sin venganza, texto de nuestro “Fénix” particular al que le he terminado profesando un amor incondicional por su gran lirismo y calidad dramática; y Don Gil de las calzas verdes, la divertidísima obra que surgió de la pluma de Tirso de Molina. Desde entonces, no he visto todos sus montajes pero sí muchos de ellos, con lo que me considero perfectamente capacitado para juzgarle profesionalmente.

Recuerdo que meses antes, cuando “El castigo” vino a Sevilla, la crítica local fue feroz con él -lo que me echó para atrás a la hora de decidirme a ir al Lope de Vega-, por el hecho de trasladar la acción de la Italia del XVII a la Italia de Mussolini. Hoy en día, después de haber tenido la ocasión de ver el montaje completo en DVD, sigo sosteniendo que yo no habría hecho eso y que continía chocándome ver vestidos al Duque de Ferrara y compañía con ropajes fascistas; pero no dejo de reconocer que para llevar a cabo un cambio de época tan radical -y razonarlo adecuadamente- hay que tener agallas y personalidad. Por no hablar de que los críticos, en el fondo, se pasaron bastante porque aquel montaje, a excepción de ese detalle, realmente era -y sigue siendo- de notable calidad interpretativa, con unos grandísimos Arturo Querejeta (Duque) y Clara Sanchis (Casandra), especialmente.

El atrevimiento a la hora de situar temporalmente las obras ha sido una de sus cualidades más destacadas; lo que no siempre le ha salido bien, todo hay que decirlo. Otro rasgo personal es su minimalismo escénico que también ha llegado a crear cierta controversia, y que parece haber dejado a un lado en varios de sus últimos trabajos.

Pero, sin duda, el gran legado de Eduardo Vasco en la dirección de la CNTC ha sido la apertura de miras, llevar al teatro español más allá de los Lope, Calderón o Tirso, permitiéndonos descubrir a otros autores menos conocidos, bien a través de sus propios montajes, bien con los montajes de otros directores escénicos gracias a su visto bueno como máximo responsable de la compañía.

Con él como cabeza visible, han llegado a la CNTC nombres como Vélez de Guevara y su “Serrana de la vera“, o el portugués Gil Vicente (cuando Portugal pertenecía a España, en el siglo XVI) con la Tragicomedia de Don Duardos; han regresado otros como Guillén de Castro (excelente El curioso impertinente que pude disfrutar en Niebla, en 2007); se le ha otorgado un destacado espacio a Cervantes (la peculiar comedia La entretenida y una adaptación dramática de su Viaje del Parnaso); y se ha expandido temporalmente el repertorio hasta el XVIII, con los Sainetes de Don Ramón de la Cruz.

Por no hablar de que también con Eduardo se ha creado cantera, gracias a la puesta en marcha, allá por 2007, de la Joven CNTC (heredera de la Escuela de Teatro Clásico puesta en marcha en los inicios de la compañía por Adolfo Marsillach), de donde ha salido la última gran joya interpretativa de nuestras artes escénicas, Eva Rufo.

Aunque no todo ha sido positivo. Sus diferencias de varios tipos con algunos de los trabajadores de la CNTC desembocaron en una huelga allá por mayo de 2010, que posiblemente precipitó su definitiva salida. Desconozco si los huelguistas tenían o no razón en sus revindicaciones, puesto que nunca he estado dentro de la CNTC; si bien es cierto que cuando el río suena… y aquella vez lo hizo con bastante fuerza.

Así pues, son aspectos que no debo entrar a valorar porque puedo meter la pata a base de bien; mi labor se limita a hacer constar lo que ocurrió. En tal caso, creo que si lo ponemos todo en una balanza nos sale, como resultado de todos estos años, una gestión en la que, por lo menos en el plano artístico, ha habido muchas más luces que sombras en el seno de la CNTC. Y de ello el responsable ha sido Eduardo Vasco, a quien ya podemos ver de nuevo en Noviembre Teatro, su compañía reactivada hace escasos meses.

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