En nombre del FÚTBOL, gracias, Pep



Se cierra definitivamente un ciclo en el Barça. El entrenador más laureado de la historia del club, el que mejor ha sabido perfeccionar el gusto por el buen fútbol “impuesto” en la entidad culé desde la llegada de Johann Cruyff, se marcha definitivamente, tras cuatro años en los que ha llevado a los del Camp Nou a la cima indiscutible del fútbol mundial.

El tremendo desgaste ha sido la causa esgrimida por Pep Guardiola para poner fin -algo que tenía decidido desde el pasado otoño- a un período que se cierra con un total de trece títulos -seis de ellos en el histórico 2009-, que pueden ser catorce. A saber: tres ligas, dos Champions, dos Mundiales de clubes, dos Supercopas europeas, tres Supercopas españolas y una Copa del Rey que pueden ser dos si el próximo día 20 derrota al Athletic de Bielsa en el Vicente Calderón.

Le creo, porque no hay más que ver la comparativa de la imagen que presentaba a su llegada al primer equipo en 2008, y la actual. Pero hay quien dice que también ha habido de por medio otros factores: desavenencias con la directiva, hartazgo con algún que otro jugador…

Aunque tengo razones más que suficientes como para no creerme en absoluto esto último, como yo no he vivido precisamente desde dentro cómo ha sido la relación entre Guardiola y Rosell no seré yo quien ponga en duda lo que han apuntado ciertos compañeros de diversos medios de comunicación que, teóricamente, poseen mucha más información que yo. Como tampoco me apetece entrar en polémicas con quienes, siempre desde la capital del Reino de España, acusan al de Santpedor de cobardía por marcharse precisamente el año en el que el Barça no va a ganar, salvo apocalipsis histórico, ni la Champions ni la liga. No merece la pena.

Porque lo que debe hacer ahora el mundo del fútbol es exactamente lo mismo que hará el barcelonismo cuando la temporada toque a su fin: despedirle con todos los honores que se merece un hombre de cuya mano los Messi, Xavi, Iniesta, Puyol y compañía, como el Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, el Brasil de 1970, el Ajax de Rinus Michels y Johann Cruyff, o el Milan de Sacchi y los holandeses -Rijkaard, luego precedesor de Guardiola en el banquillo culé, Gullit y Van Basten- han elevado al balompié a la categoría de arte.

Por eso, en nombre del FÚTBOL, yo le doy las GRACIAS por estos cuatro años. Sí, no me he equivocado: el FÚTBOL, con mayúsculas. La parte de este deporte que no sólo incluye lo que sucede sobre el terreno de juego -y cómo sucede-, sino que también nos muestra cualidades desgraciadamente olvidadas en algunas personas e instituciones -no sólo clubes, sino también medios de prensa, periodistas e incluso federaciones- como la humildad, la deportividad y el señorío.

No quiero decir con esto que Guardiola haya sido ni sea perfecto, ni tampoco un santo. Es un ser humano y, como tal, ha cometido errores; aunque muy pocos, porque en su filosofía lo que siempre ha predominado ha sido la grandeza tanto en la abundante victoria como en la poco frecuente, aunque dolorosa, derrota. Saber ganar y saber perder, manteniendo las formas salvo en casos puntuales -véase el célebre capítulo del “puto amo”-, casi siempre justificados.

Sólo cabe, por mi parte, desearle toda la suerte del mundo allá donde vaya, ya sea a partir del próximo verano o después del año sabático que mucha gente dice que, para regenerarse, se va a tomar. Y, aunque luego la pelotita puede decir lo contrario si no entra lo suficiente, el Barça puede estar tranquilo gracias al golpe maestro que ha supuesto anunciar al instante el nombramiento de “Tito” Vilanova como nuevo entrenador del club. Porque con lógica y coherencia siempre será más fácil volver a la cima del fútbol internacional.

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