El duelo Pedroso-Taurima en Sidney 2000



MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (40)

Casi cinco años después del último artículo, retomamos esta sección dedicada a recordar algunos de los momentos más significativos a nivel tanto general como particular de la historia del deporte. Y, repasando como lo estoy haciendo en estos días la competición de atletismo de Sídney 2000, he creído oportuno hablar del que probablemente es el momento más memorable, atléticamente hablando, de aquellos Juegos.

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Un evento, en el caso del atletismo, caracterizado por algunos casos altamente significativos de lo que posteriormente se conocería como “caso Balco”, la trama de dopaje orquestada desde Estados Unidos que llevó, por ejemplo, a Marion Jones a ganar cinco medallas –tres oros y dos bronces- que luego fueron devueltas, y que también afectó al cuatrocentista Antonio Pettigrew, por cuyo dopaje se desposeyó al relevo 4×400 masculino –y, por ende, a Michael Johnson- de la medalla de oro lograda en el Stadium Australia.

Pero un evento en el que también tuvieron cabida dos grandes duelos deportivos, el de Haile Gebrselassie y Paul Tergat en los 10000 metros; y éste que trataremos ahora, el librado entre IVÁN PEDROSO y el local JAI TAURIMA en el SALTO DE LONGITUD. Una batalla resuelta en el último salto en favor del gran campeón cubano, quien logró su gran sueño de ser campeón olímpico después de haber conquistado tres Mundiales al aire libre –luego llegaría otro más, en 2001- y cuatro en pista cubierta.

Todo parecía preparado para el paseo triunfal de un Pedroso que, a sus 28 años, había sido cuarto en Barcelona 92 y al que una lesión meses antes de Atlanta 96, ya siendo el gran dominador de la especialidad, le privó de luchar allí por el oro. Un año antes de los juegos celebrados en la capital del estado norteamericano de Georgia Pedroso había sido campeón mundial al aire libre por vez primera, y había batido por un centímetro -8,96- el récord con el que Mike Powell había asombrado al mundo en 1991; si bien, como todos recordamos, la marca no fue homologada por problemas con el anemómetro de la pista ubicada en la estación invernal italiana de Sestriere, a pesar de que este aparato había registrado en principio un viento legal.

Y, tanto en 1997 –Atenas- como en 1999 –Sevilla-, dos nuevos títulos mundiales; este último con la oposición del malogrado Yago Lamela, su gran rival de aquel año. Pero al asturiano le asolaron las lesiones en el año 2000, y en la cita olímpica se quedó en la clasificación, sin poder llegar siquiera a los ocho metros. Mas entonces surgió el elemento sorpresa que le dio aún más prestigio a la victoria de Pedroso: la actuación de Jai Taurima, un excéntrico saltador australiano de la misma edad del cubano pero al que, hasta el cuarto puesto obtenido en Sevilla, no se le conocía resultado alguno de relevancia en el concierto internacional.

Era este Taurima un tipo realmente peculiar, con una pinta ciertamente alejada de lo que en teoría requiere un deportista de élite, con gusto bastante más por la buena vida que por el sacrificio en los entrenamientos… y con un punto polémico bastante importante. Como muestra, sus declaraciones pocos días antes de la competición de longitud, en las que afirmaba que, por el frío, los atletas negros lo iban a tener realmente complicado para saltar bien. Afirmaciones de tinte racista y xenófobo con las que me atrevería a decir que lo que realmente buscaba era provocar a Pedroso, una fanfarronada para “encender” un poco la batalla cual combate de boxeo.

DUELO PARA LA HISTORIA
Iván ni se puso nervioso ni entró al trapo; aunque probablemente tampoco esperaba las prestaciones de Taurima, quien le hizo sudar sangre, sudor y lágrimas en la final. Una final que, como decimos, fue un auténtico duelo “al sol”, bajo la noche fría de la recién inaugurada primavera austral –estábamos a finales de septiembre-, en el que uno y otro se iban dando réplica continuamente: Pedroso, con algunos problemas de ajuste en su carrera y, por tanto, en la batida, alternando nulos con grandes saltos; Taurima, en progresión constante.

El australiano empezó con un nulo, para luego seguir con un salto de 8,18 y otro de 8,34, lo que le colocó en primer lugar para los saltos de la mejora con la misma marca que Pedroso pero con un segundo mejor intento. Y ahí empezó lo mejor: el cubano se puso las pilas y se fue, en el cuarto salto, hasta los 8,41; Taurima, por su parte, se quedó a tan sólo un centímetro en su réplica -8,40- pero, en el quinto, después de otro nulo de Pedroso, hizo soñar de verdad al Stadium Australia con 8,49.

La marca constituía un nuevo récord de Oceanía y, lo más importante, ponía a un solo salto de la medalla de oro a este personaje con la “s” de Superman tatuada en uno de sus hombros –su estructura corporal sí que recordaba en parte a la del superhéroe de la Marvel-, que se volvió loco de alegría nada más aterrizar en el foso. Taurima mandaba con ocho centímetros de margen… pero quien estaba delante no era sino el mejor competidor del momento, y tal vez de la última década del siglo XX.

LA RAZA DE CAMPEÓN DE PEDROSO
Pedroso estaba contra las cuerdas: un nuevo salto nulo y se habría acabado su gran sueño; y además, aunque consiguiese rebasar a su rival, Taurima tendría la última carta para poder consumar la sorpresa ya que saltaba el último, derecho que se había ganado al pasar como primero a los tres últimos intentos. Pero eso no le afectó en absoluto: él se concentró en hacer su trabajo y, pese a que la aproximación a la batida volvió a no ser la más adecuada –seis km/hora más lento que su adversario-, pegó un brinco que le llevó a los 8,55.

Brazos extendidos al saberse su marca, en plan “aquí estoy yo”; su entrenador, Milan Matos, subiendo tribuna arriba eufórico… y presión, toda la presión, para Taurima, llevado en volandas por todo el estadio después de los gritos de asombro del público cuando saltó su rival. Decisión del duelo en el último salto, no podía haber mejor colofón; Australia soñaba con el oro… pero a Taurima, ahora sí, le pudo la responsabilidad. Un codo dejado atrás en el aterrizaje le hizo saber, antes de salir la marca (8,28), que no sería campeón.

El melenudo australiano dio las gracias al público, mientras Pedroso corría emocionado a celebrar el oro con los suyos, entre otros con Matos y con el legendario Alberto Juantorena. Emocionado por el logro en sí, y también al poder dedicárselo a su madre, que había fallecido apenas dos meses antes. Taurima, por su parte, se quedó serio: había conseguido el éxito de su vida, pero estar tan cerca de la gloria absoluta le dejó un inevitable rictus de decepción. En el pódium les acompañó el ucraniano Schurenko… pero los ojos de prácticamente todo el mundo estaban sobre ellos dos.

Así llegó Pedroso a la cumbre máxima del atletismo… y así, saltando como él sabía hacer, dio respuesta a las provocaciones previas de Taurima. Preguntado por Ernest Riveras en la zona mixta para TVE por el “zasca” dado al australiano, Pedroso fue rotundo: “Cuando estoy bien, nadie me puede ganar. El frío es para todos igual, puede que me afecte a mí un poco más, pero eso me da igual”. Aquella final, aquel duelo, fue el momento más recordado de su carrera… y la página más memorable del atletismo en aquellos juegos de Sídney 2000.

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