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Libre, aunque entretenida versión del clásico de Wilde

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: El retrato de Dorian Gray
DIRECTOR: Oliver Parker
REPARTO: Ben Barnes, Colin Firth, Ben Chaplin, Rachel Hurd-Wood, Rebecca Hall, Emilia Fox, Fiona Shaw, Caroline Goodall, Douglas Henshall, Michael Culkin
Guión: Toby Finley
GÉNERO: Aventuras/acción
NACIONALIDAD: Reino Unido
DURACIÓN: 112 minutos
CALIFICACIÓN: * * (Sobre 5)

Metido de lleno como estoy en mis colaboraciones mundialistas, hoy, que la actualidad deportiva se toma un respiro por la mañana, por fin he encontrado un hueco para dar mi visión de esta versión de la conocida novela de Óscar Wilde, dirigida por Oliver Parker.

Hace aproximadamente algo más de un año que me decidí a resolver la asignatura que tenía pendiente con esta obra, animado por los consejos de mi amiga Untzizu, gran aficionada a la literatura de Wilde. Cuando lo hice me encontré exactamente lo que me esperaba: un relato con su parte de acción pero eminentemente filosófico y moralista acerca de la superficialidad, el hedonismo y la naturaleza en general del ser humano.

Por el contrario esta adaptación, aunque mantiene en esencia el espíritu del texto original, incluye una serie de cambios perfectamente visibles y reconocibles, quizá para otorgarle un formato un tanto más “cinéfilo”.

El resultado no es malo del todo porque el espectador medio sale del cine con la sensación de haber visto un producto bastante entretenido, pero es inevitable que surjan las comparaciones -como en cualquier obra literaria llevada a la gran pantalla- por parte de los que ya conocíamos el texto original. Aún así es recomendable ir a verla porque, más allá de lo visible que pueda llegar a ser, conserva buena parte de lo que Oscar Wilde quiso hacernos ver en su momento.

¿Cuáles son los cambios? La excesiva dosis de suspense y de thriller que incluyen Oliver Parker y el guionista Toby Finley, y el desmesurado erotismo, que no pornografía; todo ello siempre en comparación con la novela. Además la película incluye algunos personajes ausentes en la versión original, como Emily, la hija de Lord Henry Wotton, el excesivamente juerguista “amigo” de Dorian. Todo, repito, perfectamente asumible en el fondo por el espectador conocedor de Wilde.

Lo mejor de todo es, por una parte, la perfecta recreación del Londres de la época victoriana. En ese sentido la película se convierte en un bello y magnífico retrato pictórico de la Inglaterra del siglo XIX. Y, por otra, la interpretación de Colin Firth, metido en la piel de Lord Henry. El actor británico realiza la mejor interpretación de su carrera, o al menos de entre las películas que yo le he visto; y nada más por verle actuar merece la pena pagar la entrada.

Tampoco está tan mal el actor protagonista, Ben Barnes. He leído críticas en las que se dice que el papel de Dorian Gray le viene excesivamente grande porque es un niño bonito y poco más; pero no creo que sea para tanto. Quizá, eso sí, el compartir escena con un arrasador Colin Firth haga que su trabajo -que tampoco es digno de un Oscar- desluzca más de lo que debiera. El tercero en discordia, Ben Chaplin (Basil), cumple de manera más o menos sobria; y también es reseñable el buen hacer de Rebecca Hall, interpretando a Emily Wotton.

Todo ello da como resultado un film del que probablemente se esperaba más, pero que en el fondo resulta una opción más que notable para cualquiera que se decida a acudir a las salas, si acaso salvo para los excesivamente fanáticos de Oscar Wilde.

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Sorprendente y emotivo “Milikito”

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Pájaros de papel
DIRECTOR: Emilio Aragón
REPARTO: Imanol Arias, Lluís Homar, Roger Príncep, Fernando Cayo, Diego Martín, Javier Coll, Carmen Machi, Luis Varela, Concha Hidalgo, José Ángel Egido, Cristina Marcos, Paco Merino, Lola Baldrich, Asunción Balaguer y “Miliki”.
MÚSICA: Emilio Aragón
GÉNERO: Drama
NACIONALIDAD: Española
DURACIÓN: 125 minutos
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

Acabada la guerra, una compañía de artistas de vodevil va de pueblo en pueblo con sus actuaciones, formando una extraña y singular familia. Un hecho inesperado les pondrá a prueba, obligando a algunos de nuestros protagonistas a tomar decisiones de vida o muerte. Ellos atravesarán, en el medio de intrigas, números musicales, momentos de tensión y hambre permanente, parte de la España de la época, tratando de vivir y sobrevivir“. Ésta es una de las diferentes sinopsis que se pueden encontrar en las diversas páginas de internet, en este caso en lahiguera.net.

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Quizá la frase, o una de ellas, que mejor pueda definir mi opinión general de la película salió de los labios de mi padre nada más abandonar el cine: “Me ha sorprendido Milikito”.

Emilio Aragón, hijo como bien sabemos del gran “Miliki”, payaso en sus inicios junto a los diversos miembros de su familia que quedaban con vida -de pequeño me llevaron a verlo actuar en directo junto a su padre y a sus primos “Rody” y “Fofito”, aunque tenía unos 3 años y, la verdad, no recuerdo aquel momento-; cómico en televisión -fue el conductor de uno de los programas punteros de la primera época de Canal Sur, como era “Saque bola”-; músico, actor y, posteriormente, directivo de televisión, debuta con esta obra en la dirección cinematográfica.El trío protagonista en una de sus actuaciones. De izquierda a derecha: Roger Príncep, Lluís Homar e Imanol Arias

He de confesar que era bastante escéptico con el resultado final del trabajo de un personaje controvertido y -por alguna de sus actitudes- un tanto turbio que, en mi opinión, se estaba metiendo ya en demasiados berenjenales artísticos. Pero, de manera agradabilísimamente sorpresiva, dicho resultado no es sino una obra entrañable, emotiva, y muy bien hecha, pese a los fallos de los que, en mi opinión, adolece en alguno de los momentos ciertamente importantes.

Pero esto último no es óbice para destacar, dentro de su sencillez, la notable calidad de este film prácticamente en todos los sentidos: una historia simple -ubicada entre el final de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo, y que recuerda a títulos señeros de nuestro cine contemporáneo como El viaje a ninguna parte o Ay, Carmela-, pero estructurada y narrada de forma extraordinaria; una banda sonora realmente bella y un reparto que, en su mayor parte, también ha superado todas mis expectativas.

Magnífico Imanol Arias, perfectamente acompañado por Lluís Homar y por Roger Príncep -el niño de El Orfanato-; notables Fernando Cayo y los veteranos Luis Varela y José Ángel Egido; muy bien Carmen Machi -quién me diría que yo iba a decir esto de una actriz que reconozco que no me caía excesivamente simpática-… y maravilloso “Miliki”, don Emilio Aragón Bermúdez, el señor padre del “jefe”, cuya breve intervención es lo mejor, lo más bello y lo más emotivo de todo el film.

En resumen, Pájaros de papel es una película que, sin “cortar” las dos orejas, hay que ir a verla en cuanto se pueda pese a lo que digan otras críticas; porque te llega al corazón.

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Bordeando lo sublime

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: The Road (La carretera)
DIRECTOR: John Hillcoat
GUIÓN: John Hillcoat y Cormac McCarthy
REPARTO: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce
GÉNERO: Drama
NACIONALIDAD: USA (2009)
DURACIÓN: 109 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Cartel de "The Road" Según la definición del escritor griego Longino, “lo sublime” consiste esencialmente en la extrema belleza, capaz de llevarnos a un éxtasis más allá de nuestra capacidad racional, hasta tal punto de llegar a provocar dolor al ser casi imposible de asimilar.

Estrictamente no es eso lo que The Road causa al espectador, pero sí una sensación muy similar. Porque esta película, como obra de arte, es extremadamente bella, casi una obra maestra; pero, paradójicamente, hay momentos en los que el dolor, en vez del placer, es lo que invade principalmente a aquellos que la están viendo.

Dolor causado no por la imposibilidad de asimilar el éxtasis; sino porque el propio desarrollo de la historia, en un entorno tan catastrófico como el que se nos presenta, hace que nos metamos de lleno en la misma; que vivamos al máximo el drama del ser humano, centrado en ese padre y ese hijo que intentan sobrevivir tras producirse una especie de apocalipsis que hace que el mundo quede sumido en un ambiente realmente desolador.

The Road , por todo ello, no es agradable de ver, ni mucho menos; pero tiene muchas papeletas para convertirse en la película del año, por diversas razones.

La primera de ellas es el tratamiento que se da de las relaciones humanas en general, y de las de padre e hijo en particular. Es tan conmovedor como impresionante contemplar la lucha del progenitor por intentar sacar adelante a su pequeño vástago, rayando el fanatismo, sin desfallecer ante la nada más absoluta; ante la angustia que causa ver cómo luchan constantemente contra molinos de viento.

La segunda, el mensaje de esperanza que se extrae al final, que nos dice que toda esa lucha, pese al terrible presente y futuro, puede que no sea en vano; y la tercera, por las impecables interpretaciones de la pareja protagonista. Padre (Viggo Mortensen) e hijo (Kodi Smit-McPhee), intentando sobrevivir tras la catástrofe

Es muy probable que, cuando termine la carrera de Viggo Mortensen, The Road sea considerada si no como la mejor interpretación de su vida -porque todavía le queda, afortunadamente- sí al menos como la película que terminó de consagrarle como uno de los grandes actores del “planeta cine”. Su actuación es, simplemente, perfecta, colmando todas las expectativas que tanto el público como la crítica han puesto sobre él.

Y dándole la réplica tenemos a un joven actor australiano, Kodi Smit-McPhee, que se ha revelado como una de las promesas más destacadas para los próximos años. La química que se observa entre Mortensen y Smit-McPhee es genial, siendo la principal razón para conseguir que el público se introduzca plenamente dentro de la historia.

The Road no ha entrado en ninguna de las listas de candidatos a los Óscars de este año. No estoy de acuerdo para nada, pero tampoco me sorprende porque, viendo la trayectoria habitual de los premios de la academia de Hollywood, no es una película que esté dentro del tipo de films que se suelen incluir. Lo que no quita para que roce la calificación de “obra maestra” -si es que no la alcanza- y para que la recomiende a los buenos aficionados al cine, quienes se sentirán un tanto agobiados durante la proyección, pero para nada defraudados. Porque lo sublime -o casi sublime- es lo que tiene.

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Eastwood y Freeman nos vuelven a emocionar

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Invictus
DIRECTOR: Clint Eastwood
GUIÓN: Anthony Peckham y John Carlin
REPARTO: Morgan Freeman, Matt Damon, Tony Kgoroge, Patrick Mofokeng, Matt Stern
GÉNERO: Drama histórico
NACIONALIDAD: USA
DURACIÓN: 134 minutos
CALIFICACIÓN: * * * (Sobre 5)

Una vez más, Clint Eastwood vuelve a demostrar el porqué de su prestigio tan justamente ganado a lo largo de toda su carrera, con esta adaptación de la obra del periodista John Carlin El factor humano.

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No es su mejor título porque, en comparación con otros, adolece de pequeñas imperfecciones que hacen que, personalmente, me haya decantado por no otorgarle la cuarta estrella en mi calificación; pero la sensación que se desprende al ver Invictus es la de haber contemplado una historia muy bien planteada y magníficamente contada: la de cómo Nelson Mandela, tras salir de la cárcel en 1990 y tras ser elegido presidente de Sudáfrica en 1994, consigue unificar el sentimiento de un país -caracterizado durante siglos por el “apartheid” o discriminación racial- a través de su apoyo al equipo nacional de rugby (los “Springboks”) y su participación en la Copa del Mundo de 1995, organizada por la nación sudafricana. El viejo Clint, una vez más, consigue llegar al corazón de la gente no ya por la historia en sí, sino también por su manera de narrarla.

Para ello se vale de la inestimable aportación de Morgan Freeman, que desempeña su papel de tal forma que el espectador, sentado en su butaca, realmente llega a dudar de si es él o es, verdaderamente, Nelson Mandela. La actuación de Freeman es sensacional, metiéndose por completo en la piel de Mandela y consiguiendo que veamos la imagen más fidedigna posible del histórico dirigente sudafricano. Freeman, además, tiene un perfecto complemento en Matt Damon, quien también borda su secundario papel como François Pienaard, capitán de los “Springboks”, aquél que ayuda a Mandela a que se cumpla su objetivo.

Asimismo, sobresaliente es la ambientación -desde la enorme diferencia existente entre los diferentes barrios de las principales ciudades del país, hasta la visita a la celda en la que, supuestamente, estuvo encerrado Mandela durante 27 años-, así como también la recreación de todas y cada una de las escenas de rugby, incluida la célebre “haka” maorí que bailan los jugadores de Nueva Zelanda antes de cada partido. Dichas escenas son fieles al 100% -salvo las patadas de inicio y reinicio del juego de los “All Blacks”- no ya sólo a lo que ocurrió durante aquella Copa del Mundo, sino también al desarrollo del deporte del balón ovalado. Posiblemente aquellos que no estén excesivamente familiarizados con el rugby tendrán algún problemilla a la hora de seguir la evolución de los diferentes encuentros a los que se hace mención, pero no demasiadas.

No obstante lo expuesto, debo comentar que uno de los fallos más visibles que tiene la película es la excesiva duración de la parte en la que se refleja la final entre Sudáfrica y Nueva Zelanda; es paradójico que lo destaque yo, que soy un gran aficionado al deporte en general, pero es lo que yo pienso. Obviamente, supongo que a los que compartan afición conmigo dicho fragmento no les resultará tan pesado como a los demás; pero para mí éste es uno de los pequeños errores que imposibilitan, junto a que no es una película hecha con excesivos alardes en general, que Invictus sea catalogada como una obra maestra.

Aún así, aseguro que el público se va a marchar más que satisfecho de la sala porque el film es propicio para ello. Y, pese a no verla merecedora del Óscar -principalmente por los fallitos a los que he hecho referencia-, me cuesta creer que la hayan dejado fuera de las nominaciones, más aún cuando el número de finalistas en la categoría de “Mejor Película” este año se ha ampliado a diez, en lugar de los cinco tradicionales.

Claro que mi sorpresa es relativa, conociendo los peculiares criterios que, en bastantes ocasiones, sigue la Academia de Hollywood a la hora de otorgar sus premios. Dejémoslo en cuestión de gustos…

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Un Lorca austero, moderno y, al mismo tiempo, genuino

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Bodas de sangre
AUTOR: Federico García Lorca
COMPAÑÍA: Centro Andaluz de Teatro y Centro Dramático Nacional
REPARTO: Israel Frías (Leonardo); Luis Rallo (el novio); Noemí Martinez (la novia); Consuelo Trujillo (la madre); Olga Rodríguez (la esposa de Leonardo); Maica Barroso (la criada); Carlos Álvarez-Novoa (el padre de la novia); Carmen León (la suegra); Ana Malaver (la vecina); Paca Ojea (mendiga); Rafa Téllez (convidado); Pilar Gil (la niña); Omar Azmi, Toni Márquez, F.M. Poika (leñadores); Fael García, Juan Cabrera (mozos); Pepa Delgado, Sonia Gómez Silva, Marina Hernández, Ramos López (muchachas); Diana Wrana (danza aérea). Con la colaboración especial de Ana Belén en la voz y en la canción de La Luna.
DIRECCIÓN: José Carlos Plaza
LUGAR: Teatro Central (Sevilla)
DÍA: 23-1-2010
DURACIÓN: 1 hora y 50 minutos
CALIFICACIÓN: *** (Sobre 5)

Momento correspondiente a uno de los ensayos, con Consuelo Trujillo en el centro y Carlos Álvarez-Novoa detrás suya. Foto: elpais.com Buena labor la realizada por el Centro Andaluz de Teatro -CAT- y el Centro Dramático Nacional. La compañía teatral andaluza más importante ha unido sus fuerzas con una de las formaciones principales a nivel nacional -junto a la Compañía Nacional de Teatro Clásico- para llevar a los escenarios uno de los títulos más importantes del teatro lorquiano; y el resultado es bastante satisfactorio.

En primer lugar, ésta se diferencia de otras versiones en la austeridad, principalmente escenográfica. Una austeridad que nos permite disfrutar de unas Bodas de sangre sin más artilugios que unos bloques laterales -adaptables en su colocación según el pasaje que se esté representando en cada momento-; sin navajas o, mejor dicho, sin “navajazos” explícitos; y, consecuentemente, sin más sangre que la que termina mostrando la novia en sus manos.

La producción, además, rehúye acertadamente de los tópicos que podrían caracterizar cualquier versión no sólo de ésta, sino de cualquier obra ambientada en Andalucía. Apenas si hay “folclore” si exceptuamos algunos momentos de baile más o menos aflamencado; mientras que los actores -andaluces en gran parte, como es lógico- adoptan el acento típico de mi tierra sin exageraciones, con el punto exacto para que no chirríe a los oídos del espectador. Quizás como hubiese querido García Lorca.

Pero toda esta modernidad y austeridad no hace perder un ápice de dramatismo a esta tragedia basada en el llamado “crimen de Níjar” -Almería- de 1928. Al contrario, el fatalismo que emana durante toda la obra llega al alma del espectador, sobre todo gracias a la interpretación de los actores.

Leonardo, interpretado por Israel Frías. Foto: israelfriasactor.blogspot.com/ Magnífica Consuelo Trujillo bajo la piel de la madre del novio. Pese a que el trío protagonista lo forman Leonardo, el novio y la novia -a quienes dan vida de forma notable Israel Frías, Luis Rallo y Noemí Martínez, respectivamente-, el verdadero peso de la obra corre a cargo de esta consagrada actriz teatral -experta en montajes lorquianos- a quien el público terminó tributando una especial ovación.

Junto a Trujillo destaca la presencia de otro veterano de la escena, el andaluz nacido en Asturias Carlos Álvarez-Novoa, quien aporta su experiencia con el personaje del padre de la novia. Los secundarios tampoco desentonan, en especial Olga Rodríguez, Maica Barroso y Ana Malaver; así como el resto, que ayudan además, como todos, con su aportación coreográfica, bajo la dirección de Cristina Hoyos.

Precisamente la coreografía se erige como otro de los puntos fuertes de la obra, así como el canto de algunos de los personajes femeninos; aunque éste, al menos en la fecha que se corresponde con esta crítica, anduvo un poco más deslucido. Especialmente falta de convicción es la aportación de Ana Belén; a quien se le agradece que, aunque de manera “enlatada”, haya colaborado con su voz en el comienzo del último acto -escena y canción de La Luna-, pero personalmente pienso que podía haberlo hecho mucho mejor.

Y el otro defecto destacable, al menos para mí, es la danza aérea de la luna, interpretada por la ex de Al salir de clase y, actualmente, actriz acróbata Diana Wrana; defecto no por su inclusión en sí, que me parece muy original; sino por la forma en la que se ha preparado. Porque, a pesar de las explicaciones del director José Carlos Plaza en la previa del estreno en Sevilla, la sensación deseada de “los dioses hablando de la muerte” apenas si se consigue con esa presunta luna bailando como puede por la plataforma ubicada en la parte superior del escenario.

Por ello esta versión de Bodas de sangre no merece que se le otorgue la cuarta estrella; aún así Plaza y su elenco han logrado elaborar, como vengo diciendo desde el principio, un montaje con el que cualquier lorquiano y cualquier buen aficionado al teatro en general se puede sentir satisfecho.

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Kubrick, Malcom McDowell y Beethoven, juntos en una sala de cine: un verdadero placer

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: La naranja mecánica
DIRECTOR: Stanley Kubrick
GUIÓN: Stanley Kubrick y Anthony Burgess
REPARTO: Malcom McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Warren Clarke y John Clive, entre otros
GÉNERO: Drama
NACIONALIDAD: Gran Bretaña/USA (1971)
DURACIÓN: 136 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * * (Sobre 5)
CINE: Avenida 5 Cines (Sevilla). Versión Original Inglesa subtitulada en español.

Cartel de la película No va a ser ésta una crítica como las demás; no puede serlo de ninguna de las maneras. En primer lugar no voy a proceder a escribir unas líneas a modo de sinopsis porque La naranja mecánica no necesita presentación; y en segundo lugar apenas si voy a decir nada en sí sobre la película porque se han escrito ya tantas y tantas líneas desde que se estrenó hace casi cuarenta años que corro el riesgo de dar a entender, erróneamente, que he descubierto la pólvora.

Sólo me gustaría darle las gracias a Unión Cine Ciudad y al Avenida 5 Cines -tal y como hace algunos años se la di al Alameda por traer al inigualable e inimitable Sir Charles Chaplin- por haber tenido el detalle de recuperar la que tal vez sea la obra maestra de Sir Stanley Kubrick -de entre las varias que tiene el cineasta británico que perfectamente podrían ser así consideradas- para el público sevillano; y también expresar mi enorme satisfacción por haber podido ver en pantalla grande, por fin, una de las películas que más me ha impactado y más me ha fascinado desde que la vi por primera vez, en el instituto -clase de Ética-, allá por 1996.

Porque para mí ha sido un enorme placer poder contemplar “como Dios manda” esta muy notable adaptación de la novela escrita en 1962 por Anthony Burgess -curiosamente el propio Burgess ni mucho menos la ubica entre sus mejores obras-; una historia en cierto modo profética y muy controvertida que propició que se expresaran todo tipo de opiniones nada más estrenarse en 1971.

Álex y sus "drugos" caminan por la ribera Lógico por otra parte, dado que si algo tiene La naranja mecánica es que produce un sinfín de profundas reflexiones sobre todo lo que se cuenta y se advierte en la historia, desde la condenable ultraviolencia de Alex y sus “drugos” -con el uso de la llamada jerga “nadsat” creada por Burgess- hasta la no menos condenable manipulación que hace la política -tanto el gobierno como la oposición-, los cuales intentan tirar de forma despiadada y casi denunciable del protagonista hacia sus respectivos bandos según sus intereses, para intentar llegar o perpetrarse en el poder, al más puro estilo de Maquiavelo. Temas todos ellos de rabiosa actualidad en buena parte de los países del mundo; sin olvidarnos para nada de la controversia religiosa: la privación del libre albedrío, de la posibilidad de elección moral para el ser humano gracias al infernal “tratamiento Ludovico”.

El tratamiento Ludovico: "uno de los pacientes lo calificó como lo más parecido a la muerte", dijo el reverendo de la prisión. Un film extremadamente duro por momentos, sobre todo en lo psicológico; y un excelente trabajo -incluso cuando Kubrick se “come”, para satisfacer al público de Estados Unidos, el capítulo final de la novela- en el que sobresale por encima de todos Malcom McDowell, en la que sigue siendo la mejor interpretación de su vida profesional, sin discusión alguna.

Todo acompañado por esa bellísima y acertadísima banda sonora en la que destacan el tema central, compuesto por Wendy Carlos a partir de una pieza de finales del XVII; la mítica Novena Sinfonía de Ludwig Van Beethoven -segundo y, sobre todo, cuarto movimiento-; la Obertura de Guillermo Tell, de Gioacchino Rossini; y, por supuesto -aportación personal del propio McDowell-, el Singin´ in the Rain popularizado por Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia.

En resumen, una magnífica oportunidad para los aficionados al cine de culto de disfrutar de Kubrick, McDowell y Beethoven en todo su esplendor; y también de reflexionar un poco sobre algunas de las cuestiones que, tal vez con algo menos de crudeza de lo que expresa la obra, afectan al mundo del siglo XXI en el que vivimos. Ello se lo debemos tanto a Unión Cine Ciudad como al cine Avenida. De todo corazón, muchas gracias.

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“Rakatá”, una compañía a tener muy en cuenta

El equipo de trabajo CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Fuenteovejuna
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Rakatá
REPARTO (principales personajes y actores): Jesús Fuente (Fernán Gómez, Comendador de Fuenteovejuna); Lidia Otón (Laurencia); Bruno Ciordia (Frondoso); Luis Moreno (Flores); Cristóbal Suárez (Rodrigo Téllez Girón, Maestre de Calatrava); Inge San Juan (Pascuala); Óscar Zafra (Mengo); Roberto Mori (Barrildo); Mario Vedoya (Alonso, tío de Laurencia); Paco Luque (Juan Rojo); Rodrigo Arribas (Rey Don Fernando); Elia Muñoz (Reina Doña Isabel); Emilio Buale (Don Manrique); Jesús Teyssiere (Cimbranos); Alejandra Sáenz (Jacinta); Andrés Rus (Leonelo); y la colaboración especial de Gerardo Maya (Esteban, alcalde de Fuenteovejuna y padre de Laurencia).
DIRECCIÓN: Laurence Boswell
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 28-11-2009
DURACIÓN: 2 horas y 25 minutos, con 15 de descanso.
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

Reconozco haber asistido ayer al Lope de Vega para ver mi primera versión de Fuenteovejuna (imposible mejor escenario para traer a Sevilla la obra cumbre del Fénix) sin tener ni idea de la compañía que la representaba, Rakatá. Sólo el cartel del montaje, compuesto por un montón de personas a las que es casi imposible distinguir por lo minúsculo de las fotos que se les dedican y, para qué negarlo, estaba un poco temeroso ante la posibilidad de que éstos “destrozaran” el clásico por excelencia de Lope de Vega. Las bodas de Frondoso (aquí Roberto Mori) y Laurencia (Lidia Otón)

Pero cuando al comenzar van apareciendo los actores y uno descubre que entre ellos hay notables rostros de la escena y de la interpretación en general; y cuando esta mañana, investigando un poco, veo que el encargado de edición es un filólogo como Alberto Blecua, y que el director es ni más ni menos que Laurence Boswell (uno de los más importantes del mundo, cuya compañía habitual, ni más ni menos que la Royal Shakespeare Company de Londres, lleva ya algún tiempo colaborando con la que está este fin de semana en la capital andaluza), un servidor comprende que el resultado de lo que Rakatá ha preparado difícilmente debe y puede ser inferior al que es: un extraordinario montaje en el que estos chicos de San Sebastián de los Reyes no han escatimado esfuerzo alguno, ni en vestuario, ni en maquillaje, ni en escenografía (en el fondo) y, por supuesto, ni en calidad interpretativa.

Los villanos (a la derecha Bruno Ciordia, el Frondoso de ayer y aquí Barrildo) recogiendo a Esteban (Gerardo Malla), golpeado por el Comendador Desde mi asiento en la primera fila del patio de butacas (no había más entradas cuando fui a comprarlas; el sitio tiene sus inconvenientes pero se goza de la perfecta observación de cualquier mínimo detalle por parte de los actores) pude observar que la cosa “iba en serio” cuando vi que el primer actor en aparecer en escena era Jesús Fuente, un antiguo miembro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del elenco al que habitualmente sigo cuando puedo. Fuente es un habitual de los papeles secundarios, pero en la representación de ayer salió ni más ni menos que como Fernán Gómez, el Comendador de Fuenteovejuna, bordando un papel que no iba a ser el suyo (si se ve la página de Rakatá se puede comprobar que aparece como Ortuño), pero en el que debió entrar en sustitución de Alberto Jiménez. En ese mismo momento comprendí que el producto iba a ser muy bueno, como así fue.

Las mujeres de Fuenteovejuna acosan al traidor Flores (Luis Moreno), criado del Comendador
Notables fueron también las interpretaciones de la pareja de labradores protagonistas, realizadas por Lidia Otón (conocida por el “gran público” por su papel de secretaria de Don Pablo en Cuéntame cómo pasó) y Bruno Ciordia (otro de los que hizo un papel radicalmente diferente al que le correspondía originalmente); así como la de un Óscar Zafra que resultó ser un perfecto Mengo. Pero la guinda en este sentido fue la inclusión en el reparto de todo un veterano de los escenarios como Gerardo Malla, que en la piel de Esteban otorgó a los versos de Lope una maestría especial. Todo ello acompañado de diferentes momentos de música, canto y baile (como el recibimiento al Comendador por parte de los villanos en el primer acto, o las bodas de Frondoso y Laurencia), perfectamente ejecutados por parte del grupo de más de treinta actores de los que se compone el elenco. Aire fresco, pues, con una faceta del arte que, si bien no es ni mucho menos una novedad, lo cierto es que no suele abundar para nada en el teatro clásico español.

El Comendador (ayer Jesús Fuente, aquí Alberto Jiménez) se regodea ante un preso Frondoso (aquí Roberto Mori) Escenográficamente, la base del montaje es un enorme recinto de múltiples lados situado en el centro del escenario, a través del cual van entrando y saliendo los personajes (junto a los laterales), y con el que se nos van anunciando los diferentes cambios de lugar que caracterizan a la obra (recordemos que con Fuenteovejuna Lope rompe la regla de las tres unidades que prevalecía en el teatro hasta entonces). Asimismo también es destacable la colocación de un pequeño “estanque” con agua al pie del escenario.

El vestuario es otro punto fuerte. Rakatá no ha reparado en ningún tipo de esfuerzos a la hora de vestir a los actores, caraterizándolos perfectamente como villanos de la época, soldados, miembros de la orden de Calatrava y Reyes Católicos, respectivamente. El maquillaje usado, por su parte, otorga un mayor grado de dramatismo y de realismo a los violentos momentos que van teniendo lugar en Fuenteovejuna a medida que a transcurriendo la acción. Se puede decir, sin ningún tipo de tapujos, que en el escenario la “sangre” corre de verdad, sin restarle ni un ápice de protagonismo a la interpretación de los actores.

En definitiva, excelente trabajo el desempeñado por todos y cada uno de los profesionales de Rakatá, una compañía joven (su primer montaje data de 2003) pero que en los últimos años se está convirtiendo en una importante alternativa a la Compañía Nacional de Teatro Clásico a la hora de dar a conocer al público nacional algunos de los textos más significativos del teatro español de los Siglos de Oro. Al menos con Fuenteovejuna, en su primera visita a Sevilla, se han lucido de verdad.

Antes de terminar, no obstante, quisiera hacer una pequeña crítica a los responsables del Teatro Lope de Vega. Es, cuanto menos, incomprensible que los números de las localidades de algunas filas (por ejemplo la primera) estén o repetidos o mal colocados, con la confusión que, como es lógico, esto genera; y también es para que lo miren el hecho de tener que eliminar a última hora dos localidades por incompatibilidad con los elementos de la escenografía (en este caso la escalera de acceso al escenario, situada en un lateral en vez de en el centro) y no poner un aviso para dar a los dueños de dichas localidades la posibilidad de pedir una reubicación o, en su defecto, la devolución del importe de su entrada. Esto le sucedió ayer a dos espectadores (un padre y uno de sus hijos) en la zona izquierda de la primera fila, aunque por fortuna quedó alguna localidad sin vender y se les pudo reubicar.

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Bendito oasis

CRÍTICA DE CINE

PELÍCULA: Celda 211
DIRECTOR: Daniel Monzón
REPARTO: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Manuel Morón, Marta Etura, Carlos Bardem, Luis Zahera, Vicente Romero, Fernando Soto.
GÉNERO: Drama/Thriller
NACIONALIDAD: Española
DURACIÓN: 110 minutos
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)Cartel de la película

Juan (Alberto Amman), joven funcionario de prisiones y que espera un hijo con su esposa, se presenta en un centro penitenciario de Zamora un día antes de comenzar a trabajar allí, para ir tomando contacto con lo que allí sucede. Un accidente sufrido poco antes de comenzar un motín hace que sus compañeros, después de que se desmayara, le dejen en la celda 211, mientras ellos corren a salvarse. Cuando recobra el sentido, comprendiendo qué es lo que sucede, se hace pasar por preso (“Calzones”), comenzando desde ese mismo momento una lucha particular por la supervivencia en el sector de los FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), los presos más peligrosos, cuyo líder indiscutible responde al apodo de “Malamadre” (Luis Tosar).

Creo que todos estamos más o menos de acuerdo en que el cine nacional atraviesa un período cuanto menos preocupante en estos últimos años. Poseemos buenos actores; sin embargo la mayoría de nuestros productos con denominación de origen van dirigidos a promocionar o a explotar la imagen de actores más o menos jóvenes (más más que menos), convertidos en rostros populares gracias a las exitosas series de televisión. Con ello se consiguen películas que, en algunos casos, escasamente sirven para poder decir que hemos pasado en el cine un rato ciertamente distraído (por lo poco que se espera de ellas), pero muy poco más.

Sin embargo todo desierto tiene su oasis; y ese oasis, en el caso de nuestro cine, es, sin lugar a dudas, Celda 211.

Antes que nada, me gustaría darle mi más sincera enhorabuena al director, Daniel Monzón (El corazón del guerrero, El robo más grande jamás contado o La caja Kovac), por ser quien encabeza la ficha artística de esta adaptación de la novela de Francisco Pérez Gandul, la cual no me cabe ninguna duda de que aumentará sus ventas de forma más que notable después del estreno de este excelente film. Una película que se ha convertido ya en la más taquillera del año en el cine español, superando a Ágora; algo en este caso perfectamente comprensible, no necesariamente por defecto de calidad de la superproducción de Amenábar (la cual no he tenido el gusto de ver y, por tanto, no debo evaluarla), sino por exceso de Celda 211.

Juan (Alberto Ammann) y "Malamadre" (Luis Tosar) Magistral es la forma en la que Pérez Gandul y Monzón se adentran en el género carcelario, muy poco habitual en la filmografía nacional, y en el que tanto el escritor como el director hacen una incursión llena de intriga (bien entendida artísticamente), dureza, dramatismo y diríase incluso que realidad. Tanto es así que no creo que la película esté siendo precisamente bien recibida entre los trabajadores de las prisiones en España, porque la dura crítica que se hace no ya del funcionariado sino más bien de todo el cuerpo de responsables principales de nuestras cárceles es más que notoria.

Si buena es la labor de la dirección, mejor aún es la del reparto. Extraordinario Luis Tosar, tanto en su caracterización como en la interpretación del líder de los FIES, “Malamadre”. El actor gallego realiza en Celda 211 si no la interpretación de su vida sí una de las dos o tres más destacadas; entre otras cosas porque, por encima de todo, su personaje es convincente al 100% ante el público. Tosar, un tipo con pinta de buenazo que en la película parece el criminal más peligroso que te puedas echar a la cara, se convierte con este papel en el principal candidato al Goya al mejor actor.Utrilla (Antonio Resines), personaje ciertamente conflictivo

Al mismo nivel está Alberto Ammann, un joven actor con escasa experiencia en el mundo del cine (Las flores del mal, 2008) pero ha entrado como un elefante en una cacharrería, alcanzando prácticamente el grado de estrella en la piel de Juan (“Calzones”). Ammann, que el año que viene será Lope de Vega en Lope, no sólo le da una perfecta réplica a Tosar, sino que se puede decir que lo trata de igual a igual, sin ningún tipo de complejos, dándole la razón a Daniel Monzón, que ha apostado por él siendo prácticamente un perfecto desconocido.

Tampoco me quiero olvidar de Antonio Resines. Situado en Celda 211 un peldaño por debajo de sus dos compañeros, su actuación dando vida a Utrilla, el conflictivo funcionario jefe de prisión, merece también una mención especial. Lo mejor que se puede decir de todo un actorazo como Resines es que lo borda con un papel secundario y con un personaje tremendamente impopular, muy alejado no ya del más que conocido Diego Serrano sino de otros que el excelente actor cántabro ha interpretado a lo largo de su ya dilatada carrera.

Y también debo destacar la actuación del resto de actores de reparto, sobre todo Manuel Morón (el negociador); Marta Etura (Elena, la dulce y bella esposa de Juan); y Carlos Bardem, que parece totalmente un sudamericano en la piel de “Apache”, uno de los presos más relacionados de la prisión, y personaje clave, como todos los demás.

En resumen, hacedme caso quienes seáis los que leáis esta crítica y que todavía no hayáis ido a ver la película: gastaos unos euros en Celda 211, porque merece muy mucho la pena.

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Primer patinazo de Eduardo Vasco

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: La Estrella de Sevilla
AUTOR: Lope de Vega (atribuida)
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Daniel Albaladejo; Jaime Soler; Muriel Sánchez; Arturo Querejeta; Francisco Rojas; Paco Vila; Eva Trancón; José Vicente Ramos; José Ramón Iglesias; Mon Ceballos; Fernando Sendino; Jesús Hierónides; Ángel Ramón Jiménez; e Isaac M. Pulet (violín barroco)
VERSIÓN Y DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Castillo de Niebla (Festival de Teatro Clásico y Danza 2009)
DÍA: 11-7-2009
DURACIÓN: 1 hora y 50 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: ** (Sobre 5)

“¡Esto no parece la Compañía Nacional de Teatro Clásico, sino el IKEA!”, dijo mi querida amiga Laura, desesperada por lo que había visto, mientras degustábamos algunas tapas después de haber asistido a la representación. La frase, algo radical pero tan rotunda como ingeniosa, resume la opinión de la mayoría de aquellos seguidores de la CNTC que nos acercamos al Castillo de Niebla para ver La Estrella de Sevilla.

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

Siempre he alabado el trabajo de Eduardo Vasco, sobre todo porque me ha dado motivos para ello. Normalmente suele bordarlo cuando introduce algunas de sus ideas “marca de la casa” en sus versiones; pero en esta ocasión ha querido rizar tanto el rizo que, para mí, la ha pifiado, echando un borrón en su, hasta ahora, casi inmaculado historial.

La versión de este nuevo clásico de nuestro teatro -probablemente surgido de la pluma del gran Lope, aunque no confirmado- peca de una serie de particularidades escénicas incomprensibles, por su incongruencia y anacronismo, como por ejemplo, la reubicación de la trama en el siglo XXI. Algo similar hizo Vasco hace 4 años con la que, para mí, es la mejor obra de Lope, El castigo sin venganza, al trasladar la historia sucedida en Ferrara -Italia- desde el siglo XVII hasta la época de Mussolini. Aquello, aunque me costó un poco asimilarlo, terminé reconociéndoselo porque estaba justificado y era plenamente coherente, dado que el texto en ningún momento contiene referencias histórico-temporales, cosa que sí sucede en La Estrella de Sevilla.

Si ya de por sí choca un poco ver a los personajes de una obra del Siglo de Oro vestidos impecablemente de etiqueta -excelente labor de Lorenzo Caprile, todo sea dicho-, y peleando con tizonas características de la Edad Media, el anacronismo se convierte en aberración cuando el protagonista de la historia es el rey don Sancho IV de Castilla, “El Bravo”, segundo hijo de Alfonso X “El Sabio”. ¿Cómo puede ir un rey castellano medieval -y todos los personajes, en general- vestido como si fuese un “men in black”, gafas de sol incluidas cuando va embozado? Es algo que roza lo esperpéntico.

La escenografía, muy de Eduardo Vasco: minimalismo y sobriedad casi absoluta, acorde con las costumbres del director madrileño, con apenas unos cuantos bloques rectangulares de madera que, en un principio, estaban situados al fondo del escenario, sirviendo de “banquillo” -al estilo de las competiciones deportivas- para los personajes que aguardaban su entrada; siendo los propios actores los encargados de irlos colocando -como si fueran empleados de IKEA- en el escenario de forma coreográfica, según las necesidades de cada momento. Una idea ciertamente original -no todo iba a ser negativo en la labor de Vasco-, así como la distribución de los actores “suplentes” sobre el escenario en algunas partes de la obra; pero con el inconveniente de que, a medida que ésta iba transcurriendo -sobre todo mientras se acercaba el final-, todo esto se iba haciendo más confuso que otra cosa.

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

A raíz de esto, especialmente errónea también fue la forma de ir sacando a los personajes que iban falleciendo, sobre todo a un Busto Tavera que iba marchándose del escenario por su propio pie, parsimoniosamente, mientras Sancho Ortiz ni tan siquiera había terminado su parlamento de lamentos por haberle dado muerte; es decir, sin esperar ni siquiera al cambio de escena.

Sobre la música, luces y sombras: magnífica la idea -también habitual en Vasco- de introducir un violín barroco y, prácticamente, convertir a su intérprete en un personaje más; pero, por el contrario, la música enlatada fue desesperante, tal vez fruto de la exageración con la que se trataron algunas escenas, como por ejemplo la pasajera enajenación mental que sufre Sancho Ortiz, en el tercer acto; el cual en líneas generales, transcurre bajo la pauta de la confusión casi total en los espectadores, provocada sobre todo por la precipitación con la que Eduardo aborda la parte final de la obra.

Sin duda lo mejor de la version, lo que la libra del cero absoluto, es la actuación de los dos principales actores masculinos, los intérpretes de “los dos Sanchos”. Daniel Albaladejo borda el papel del rey Sancho IV, actuando con el estilo propio y característico de uno de los mejores y más versátiles actores de hoy en día, como lo es él. Por su parte, Jaime Soler le da una réplica cuasi perfecta con don Sancho Ortiz de Roelas; mientras que Muriel Sánchez, por el contrario, estuvo más deslucida en su papel de la bella Estrella Tavera.

De los secundarios, es preciso destacar al veterano Arturo Querejeta, brillante por momentos dando vida a Busto Tavera -hermano de Estrella-; Eva Trancón -Natilde, criada de Estrella-; y a Francisco Rojas, en el papel de Don Arias, el consejero del rey. El resto, desigual.

En conclusión, querido Eduardo, parafraseando lo que le dijo a mi progenitor una maestra de Lengua que tuvo él a finales de los sesenta en 1º de Magisterio, es el primer suspenso que te pongo; porque dos estrellitas para ti y para la CNTC significan un suspenso. Ojalá que, al igual que ocurrió posteriormente con mi padre, sea el único. En el programa oficial de la obra solicitas “que perdonen nuestras faltas, como la tradición aconseja”; pues bien, señor Vasco, perdonado queda usted. Pero que no se vuelva a repetir.

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Un “Avaro” especialmente divertido

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: El avaro
AUTOR: Jean-Baptiste Pocquelin, “Molière”.
COMPAÑÍA: Viento Sur Teatro
REPARTO: Antonio Raposo, Eloina Marcos, Azahara Montero, Ismael Múrtula, Paco Gámez, Macarena Feliú, Rocío Cuadrelli, Luna Fernández, Tony de la Casa y Borja Centeno
DIRECCIÓN: Jorge Cuadrelli
LUGAR: Corral de comedias de Triana (Sevilla)
DÍA: 7-7-2009
DURACIÓN: 100 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

¿Cómo se puede pasar un rato delicioso con temas tan poco cómicos como la avaricia, la tiranía doméstica y el egoísmo?

Escena de El Avaro, de Viento Sur Teatro, correspondiente a una representación de años anteriores. Foto: artesacro.org

Escena de El Avaro, de Viento Sur Teatro, correspondiente a una representación de años anteriores. Foto: artesacro.org

La respuesta la tiene el señor Molière. Bueno, él y la compañía Viento Sur Teatro, responsables de esta versión tan especialmente peculiar y divertida de este clásico del teatro francés del siglo XVII; tal vez apartada un poco de los cánones habituales, pero muy adecuada para donde iba a tener lugar.

Un patio repleto, una escenografía sencilla, un vestuario adecuado y un desfile “cuasi” militar de los actores hasta llegar al escenario dieron paso a más de hora y media de hilarante representación, desde que los personajes de Elisa y Valerio salieron a escena hasta que todo se terminó resolviendo al final.

Los actores, excelentes; lo mejor de todo, destacando especialmente un Antonio Raposo que bordó el papel del señor Harpagon, un avaro especialmente genial, con divertidísimos ademanes tanto en sus movimientos como en el manejo del bastón, y con un tono de voz que recordaba al del actor que dobla en español a Jerry Lewis en El profesor chiflado. Raposo mantuvo el nivel durante toda la representación, y se llevó al final una merecida ovación de los espectadores presentes en el Corral de Comedias de Triana.

Mas no fue el único. El resto de sus compañeros, en general, nos ofrecieron un histrionismo destacado pero, al mismo tiempo, medido, nada exagerado ni desmesurado: un criado del avaro -Paco Gámez- enamorado de su hija, tan pelota con el padre como cariñoso con la niña; un criado del hijo del avaro -Eloina Marcos- vivaraz como ninguno; una actriz -Luna Fernández- con un doble papel, cochero y cocinera china, interpretándolo como si fuese una persona con facilidad para la bipolaridad; y un juez-gitano, Tony de la Casa, que también provocó la hilaridad entre el público. Todo ello acompañado de la sensualidad que emanaba de la celestinilla y convenida Frosina -Macarena Feliú-; y del romanticismo no excento de comicidad del resto de los componentes del reparto.

En resumen, una excelente adaptación del texto de Molière, tanto en la dramaturgia como sobre las tablas. Después de unos días con otros excelentes títulos -de autores como el propio Molière, Lope de Rueda y Chejov-, los chicos de Viento Sur volverán con El avaro desde los días 15 al 19 de julio en la Buhaira. Por tan módico precio -8 euros- merece muy mucho la pena acercarse, porque no os arrepentiréis en absoluto.

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