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La apoteósica victoria de Abel Antón en los Mundiales de Sevilla

MI PARTICULAR MEMORIA DEPORTIVA (1)

Gracias a los consejos y las sugerencias de mi querido amigo Quique -a quien le dedico especialmente la entrada de hoy- me he animado a abrir esta sección en la que mi único objetivo es recordar ciertos momentos del deporte vividos desde que soy aficionado que, al menos a mí, me han parecido particularmente significativos.

Y, para la inauguración de la misma, dado el carácter maratoniano de quien me la sugirió, qué menos que hablar del momento cumbre para el atletismo español -para el atletismo mundial fue otro que trataré en un futuro- del que, probablemente, sea el acontecimiento deportivo más importante que se ha vivido en Sevilla a lo largo de la historia, los Campeonatos del Mundo de atletismo de 1999. Me refiero, claro está, a la celebración de la maratón masculina.

Sábado 28 de agosto de 1999. Penúltima jornada. Tanto en las calles de Sevilla como en el estadio Olímpico de La Cartuja se respira ambiente de día grande, como así terminará siendo. Sobre las 18:30 de la tarde, bajo un calor sofocante aunque menor del que se esperaba, los participantes en la maratón masculina aguardaban en el interior del estadio a que se diera oficialmente la salida a una prueba que les llevaría por algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad.

Después de salir de la Isla de La Cartuja a través del puente de La Barqueta, los atletas debían dar un total de 4 vueltas a un circuito que transcurría por La Macarena, la Plaza de España, el Parque de María Luisa, Los Remedios, el Paseo de Las Delicias, el Paseo Colón, la calle Arjona y la calle Torneo; para terminar retornando al estadio entrando a La Cartuja de nuevo por el puente de La Barqueta.

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El equipo español se presentaba, entre otros, con tres hombes perfectamente capacitados para conseguir el oro y alguna medalla más: Abel Antón, por entonces vigente campeón mundial (Atenas 97); Martín Fiz, campeón y subcampeón mundial (Goteborg 95 y Atenas 97, respectivamente) y campeón europeo (Helsinki 1994); y Fabián Roncero, sexto dos años antes en la cita griega y en un estado de forma envidiable, según los expertos. El histórico doblete obtenido dos años antes en Atenas podía tener su continuidad en la capital de Andalucía.

Sin embargo, en carrera las cosas no estaban saliendo como todos esperábamos. Superada la hora y media de carrera, con el japonés Nobuyuki Sato líder, el sudafricano Gert Thijs avivó de tal forma la carrera en el grupo principal que hizo que Roncero se descolgara. El madrileño se desfondó de tal forma que terminó abandonando, mientras que Martín Fiz también se alejaba paulatinamente de la cabeza. La única esperanza era el actual campeón mundial, que resistía junto a los que perseguían a Sato: Thjis, el italiano Vincenzo Modica, el keniano Simon Biwott y el portugués Luis Novo.

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En el último tramo de la carrera, con los corredores transitando por el Paseo Colón (km 38 aproximadamente), Sato marchaba en cabeza con unos veinte segundos sobre sus perseguidores, que ya sólo eran Antón, Biwott y Modica. La renta, pues, comenzaba a ser bastante peligrosa, y Abel Antón decidió que era el momento de atacar. Con su primer gran tirón descolgó a Biwott; y poco después volvió a hacer otro cambio de ritmo espectacular que acabó con el italiano -que estaba bebiendo-, lanzándose acto seguido a la caza del japonés.

Sato fue alcanzado entre Arjona y Torneo y, en un primer momento, aguantó estoicamente el ritmo del soriano. Pero éste era demasiado fuerte no ya sólo para el japonés, sino para cualquiera que se hubiese puesto en su camino aquel día. Antón, medio kilómetro después, llevado en volandas por los miles de espectadores que contemplaban la carrera, abandonó la compañía del nipón y comenzó su marcha imperial hacia su segundo campeonato del mundo.

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Al paso por el puente de La Barqueta (km 40) ya no había dudas: Antón iba a ser, indiscutiblemente, de nuevo medalla de oro. Por detrás Modica alcanzaba a Sato, y entre ambos se iban a jugar la medalla de plata; pero eso a la afición española y sevillana prácticamente no les importaba.

Todos y cada uno de los 60 mil espectadores que abarrotaron el estadio olímpico se giraron hacia los monitores gigantes para contemplar la marcha triunfal de Abel Antón, que -a punto de confundirse por la deficiente indicación de la policía en las puertas del estadio- accedió a la pista en loor de multitudes, recibiendo una ovación estruendosa, todavía mayor de la que él mismo se podía imaginar.

El atleta soriano saboreó como nunca los últimos metros antes de su entrada en la línea de meta; y no era para menos. Antón se convirtió en el primer atleta de la historia en repetir título mundial en la especilidad más exigente de todas, la maratón, entrando definitivamente dentro del selecto grupo de mitos del deporte español. Lástima que al año siguiente la rodilla le impidiera brillar en los Juegos de Sydney.

En la lucha por las otras dos medallas Modica también terminó dejando atrás a Sato, que se tuvo que conformar con el bronce. El portugués Luis Novo fue cuarto; y Martín Fiz, octavo. El vitoriano hizo un “rush” final impresionante, y terminó dentro de los considerados “puestos de finalista”, lo que le daba de forma automática la clasificación para la cita olímpica australiana.

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La jornada para el atletismo español finalizó de forma casi inmejorable porque, al mismo tiempo que se celebraba la maratón, un jovencísimo Yago Lamela se labraba la medalla de plata que terminó consiguiendo en el salto de longitud, sólo por detrás del “superclase” Iván Pedroso.

Yo, al contrario que cuando se disputaron, entre otros, los increíbles 1500 metros masculinos -de los que hablaré en otra ocasión-, no pude estar “in situ” en las gradas puesto que, días antes, me había salido un trabajillo como colaborador de El Correo de Andalucía para los partidos del Coria C.F. y el club ribereño no pudo haber elegido otro día peor para debutar en Segunda División B, según mis intereses, claro.

Sin embargo debo confesar que, cada vez que veo las imágenes de la carrera, siento exactamente lo mismo que todos y cada uno de los 60 mil espectadores que aplaudieron a rabiar a Abel Antón. Porque no estuve allí pero, sinceramente, para mí es como si hubiese estado.

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