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Crónica de un “hippie-secuestro”

Sí, lo han leído bien. No han sufrido ningún tipo de lapsus mentales, ni tampoco el que lleva este espacio se ha vuelto loco. O quizás sí, un poquito. Él y sus amigos. Porque bajo esa pinta de personas cultas, cabales y 100% entrañables se esconde una banda de lunáticos capaces de cualquier cosa.

Como, por ejemplo, tomar preso a uno de los suyos y, en vez de torturarle, martirizarle y obligarle a confesar hasta la muerte de Don Quijote, hacerle pasar una de las mejores noches de su vida. Sucesos como éstos suelen ocurrir entre ellos cada cierto tiempo.

La última vez, hasta la fecha, fue la noche del pasado sábado. Los ejecutores directos: Lau, Rafa y quien suscribe, por supuesto. Los cómplices: Espe, Massimo, Álvaro y Almudena. La víctima: Virginia… huy, perdón, DAVINIA. Nuestra Davi, por más señas.

Ella había cumplido 24 horas antes del día de autos un año más en su vida -no voy a decir cuántos, total, si en las fotos se va a descubrir el tema… pero sí que está igual de joven y de guapa que el día en el que la conocí, es decir, mucho-; había quedado con los que creía sus amigos en un punto concreto de la ciudad de Sevilla, con la intención de tomarse una cervecita y celebrar modestamente la efeméride después de una dura jornada de trabajo; pero éstos no estaban por la labor.

Cuando menos se lo esperaba, Davinia se encontró metida en un coche y con una venda puesta en sus ojos. Es posible incluso que se planteara usar su bella y musical voz… ¿para pedir ayuda? No. Más bien para preguntar insistentemente dónde la llevaban. En vano.

El conductor del vehículo -y administrador principal del espacio que están leyendo- se encargó inmediatamente de advertirle que no insistiera, que ella haría lo que se le dijera. No le quedaba más remedio que obedecer. La inseguridad se apoderaba progresivamente del menudo cuerpecillo de la pobre Davinia. ¿Hacia dónde la transportaban? ¿Cuándo terminaría semejante incertidumbre?

Minutos más tarde la hicieron, por fin, bajarse del coche. El hecho de ir vendada propició que los aproximadamente 200 metros que había desde el lugar en el que aparcaron hasta el sitio donde pensaba que iba a permanecer prisionera de aquellos malvados a los que creía amigos fueran poco menos que un infierno.

Unos escaloncillos, un ascensor… y, de pronto, el “zulo”, que no era otra que la habitación principal del piso al que la habían llevado. Allí le quitaron la venda y le pasaron una nota con instrucciones precisas sobre lo que debía hacer: permanecer sin salir de allí hasta que se le avisara. Es decir, todavía más incertidumbre.

Hasta que llegó el momento. Por fin Davinia iba a descubrir quiénes eran todos y cada uno de los responsables de aquel rapto premeditado y con alevosía, algo muy útil en caso de salir con vida de aquel infierno. Mas hete aquí que, en vez de criminales y bandidos, lo que ella se encontró no fue sino un grupito de siete “colgaos” vestidos con ropa todo lo “hippie” que fueron capaces de encontrar.

Siete locos encabezados por aquéllos que, una media hora antes, se la habían llevado contra su voluntad; y acompañados por el resto, que se habían encargado de la decoración de la casa y de tenerlo todo a gusto de la secuestrada cumpleañera, quien desde ese mismo instante no dejó un solo momento de estar en su salsa.

Entre todos pasaron -y le hicieron pasar a Davinia- una de las mejores veladas de entre las muchas buenas de este estilo y de otros similares de todas las que han tenido la ocasión de vivir en los últimos cuatro o cinco años. Los detalles, como siempre, para nosotros quedan.

Desde aquí quiero dar las gracias y dedicarles esta entrada a quienes el sábado por la noche hicieron posible que nos lo pasáramos “teta”, como se dice vulgarmente; en especial a la cumpleañera. Davinia, mi querida Davi, nuestra querida Davi, sabíamos que estabas cansada y con más ganas de irte a casa que de “juerguear”; sabíamos también que al día siguiente te esperaba otra jornada con una agenda algo apretada.

Pero te queremos tanto, tanto, que teníamos que prepararte una fiesta por todo lo alto. Nos alegramos muchísimo -creo que puedo hablar no sólo por mí, sino también en nombre de los demás- de que, aunque más tarde de lo que esperabas y desearas, te fueras a la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Te lo merecías.

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