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“Rakatá”, una compañía a tener muy en cuenta

El equipo de trabajo CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Fuenteovejuna
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Rakatá
REPARTO (principales personajes y actores): Jesús Fuente (Fernán Gómez, Comendador de Fuenteovejuna); Lidia Otón (Laurencia); Bruno Ciordia (Frondoso); Luis Moreno (Flores); Cristóbal Suárez (Rodrigo Téllez Girón, Maestre de Calatrava); Inge San Juan (Pascuala); Óscar Zafra (Mengo); Roberto Mori (Barrildo); Mario Vedoya (Alonso, tío de Laurencia); Paco Luque (Juan Rojo); Rodrigo Arribas (Rey Don Fernando); Elia Muñoz (Reina Doña Isabel); Emilio Buale (Don Manrique); Jesús Teyssiere (Cimbranos); Alejandra Sáenz (Jacinta); Andrés Rus (Leonelo); y la colaboración especial de Gerardo Maya (Esteban, alcalde de Fuenteovejuna y padre de Laurencia).
DIRECCIÓN: Laurence Boswell
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 28-11-2009
DURACIÓN: 2 horas y 25 minutos, con 15 de descanso.
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

Reconozco haber asistido ayer al Lope de Vega para ver mi primera versión de Fuenteovejuna (imposible mejor escenario para traer a Sevilla la obra cumbre del Fénix) sin tener ni idea de la compañía que la representaba, Rakatá. Sólo el cartel del montaje, compuesto por un montón de personas a las que es casi imposible distinguir por lo minúsculo de las fotos que se les dedican y, para qué negarlo, estaba un poco temeroso ante la posibilidad de que éstos “destrozaran” el clásico por excelencia de Lope de Vega. Las bodas de Frondoso (aquí Roberto Mori) y Laurencia (Lidia Otón)

Pero cuando al comenzar van apareciendo los actores y uno descubre que entre ellos hay notables rostros de la escena y de la interpretación en general; y cuando esta mañana, investigando un poco, veo que el encargado de edición es un filólogo como Alberto Blecua, y que el director es ni más ni menos que Laurence Boswell (uno de los más importantes del mundo, cuya compañía habitual, ni más ni menos que la Royal Shakespeare Company de Londres, lleva ya algún tiempo colaborando con la que está este fin de semana en la capital andaluza), un servidor comprende que el resultado de lo que Rakatá ha preparado difícilmente debe y puede ser inferior al que es: un extraordinario montaje en el que estos chicos de San Sebastián de los Reyes no han escatimado esfuerzo alguno, ni en vestuario, ni en maquillaje, ni en escenografía (en el fondo) y, por supuesto, ni en calidad interpretativa.

Los villanos (a la derecha Bruno Ciordia, el Frondoso de ayer y aquí Barrildo) recogiendo a Esteban (Gerardo Malla), golpeado por el Comendador Desde mi asiento en la primera fila del patio de butacas (no había más entradas cuando fui a comprarlas; el sitio tiene sus inconvenientes pero se goza de la perfecta observación de cualquier mínimo detalle por parte de los actores) pude observar que la cosa “iba en serio” cuando vi que el primer actor en aparecer en escena era Jesús Fuente, un antiguo miembro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del elenco al que habitualmente sigo cuando puedo. Fuente es un habitual de los papeles secundarios, pero en la representación de ayer salió ni más ni menos que como Fernán Gómez, el Comendador de Fuenteovejuna, bordando un papel que no iba a ser el suyo (si se ve la página de Rakatá se puede comprobar que aparece como Ortuño), pero en el que debió entrar en sustitución de Alberto Jiménez. En ese mismo momento comprendí que el producto iba a ser muy bueno, como así fue.

Las mujeres de Fuenteovejuna acosan al traidor Flores (Luis Moreno), criado del Comendador
Notables fueron también las interpretaciones de la pareja de labradores protagonistas, realizadas por Lidia Otón (conocida por el “gran público” por su papel de secretaria de Don Pablo en Cuéntame cómo pasó) y Bruno Ciordia (otro de los que hizo un papel radicalmente diferente al que le correspondía originalmente); así como la de un Óscar Zafra que resultó ser un perfecto Mengo. Pero la guinda en este sentido fue la inclusión en el reparto de todo un veterano de los escenarios como Gerardo Malla, que en la piel de Esteban otorgó a los versos de Lope una maestría especial. Todo ello acompañado de diferentes momentos de música, canto y baile (como el recibimiento al Comendador por parte de los villanos en el primer acto, o las bodas de Frondoso y Laurencia), perfectamente ejecutados por parte del grupo de más de treinta actores de los que se compone el elenco. Aire fresco, pues, con una faceta del arte que, si bien no es ni mucho menos una novedad, lo cierto es que no suele abundar para nada en el teatro clásico español.

El Comendador (ayer Jesús Fuente, aquí Alberto Jiménez) se regodea ante un preso Frondoso (aquí Roberto Mori) Escenográficamente, la base del montaje es un enorme recinto de múltiples lados situado en el centro del escenario, a través del cual van entrando y saliendo los personajes (junto a los laterales), y con el que se nos van anunciando los diferentes cambios de lugar que caracterizan a la obra (recordemos que con Fuenteovejuna Lope rompe la regla de las tres unidades que prevalecía en el teatro hasta entonces). Asimismo también es destacable la colocación de un pequeño “estanque” con agua al pie del escenario.

El vestuario es otro punto fuerte. Rakatá no ha reparado en ningún tipo de esfuerzos a la hora de vestir a los actores, caraterizándolos perfectamente como villanos de la época, soldados, miembros de la orden de Calatrava y Reyes Católicos, respectivamente. El maquillaje usado, por su parte, otorga un mayor grado de dramatismo y de realismo a los violentos momentos que van teniendo lugar en Fuenteovejuna a medida que a transcurriendo la acción. Se puede decir, sin ningún tipo de tapujos, que en el escenario la “sangre” corre de verdad, sin restarle ni un ápice de protagonismo a la interpretación de los actores.

En definitiva, excelente trabajo el desempeñado por todos y cada uno de los profesionales de Rakatá, una compañía joven (su primer montaje data de 2003) pero que en los últimos años se está convirtiendo en una importante alternativa a la Compañía Nacional de Teatro Clásico a la hora de dar a conocer al público nacional algunos de los textos más significativos del teatro español de los Siglos de Oro. Al menos con Fuenteovejuna, en su primera visita a Sevilla, se han lucido de verdad.

Antes de terminar, no obstante, quisiera hacer una pequeña crítica a los responsables del Teatro Lope de Vega. Es, cuanto menos, incomprensible que los números de las localidades de algunas filas (por ejemplo la primera) estén o repetidos o mal colocados, con la confusión que, como es lógico, esto genera; y también es para que lo miren el hecho de tener que eliminar a última hora dos localidades por incompatibilidad con los elementos de la escenografía (en este caso la escalera de acceso al escenario, situada en un lateral en vez de en el centro) y no poner un aviso para dar a los dueños de dichas localidades la posibilidad de pedir una reubicación o, en su defecto, la devolución del importe de su entrada. Esto le sucedió ayer a dos espectadores (un padre y uno de sus hijos) en la zona izquierda de la primera fila, aunque por fortuna quedó alguna localidad sin vender y se les pudo reubicar.

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Primer patinazo de Eduardo Vasco

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: La Estrella de Sevilla
AUTOR: Lope de Vega (atribuida)
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Daniel Albaladejo; Jaime Soler; Muriel Sánchez; Arturo Querejeta; Francisco Rojas; Paco Vila; Eva Trancón; José Vicente Ramos; José Ramón Iglesias; Mon Ceballos; Fernando Sendino; Jesús Hierónides; Ángel Ramón Jiménez; e Isaac M. Pulet (violín barroco)
VERSIÓN Y DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Castillo de Niebla (Festival de Teatro Clásico y Danza 2009)
DÍA: 11-7-2009
DURACIÓN: 1 hora y 50 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: ** (Sobre 5)

“¡Esto no parece la Compañía Nacional de Teatro Clásico, sino el IKEA!”, dijo mi querida amiga Laura, desesperada por lo que había visto, mientras degustábamos algunas tapas después de haber asistido a la representación. La frase, algo radical pero tan rotunda como ingeniosa, resume la opinión de la mayoría de aquellos seguidores de la CNTC que nos acercamos al Castillo de Niebla para ver La Estrella de Sevilla.

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

Siempre he alabado el trabajo de Eduardo Vasco, sobre todo porque me ha dado motivos para ello. Normalmente suele bordarlo cuando introduce algunas de sus ideas “marca de la casa” en sus versiones; pero en esta ocasión ha querido rizar tanto el rizo que, para mí, la ha pifiado, echando un borrón en su, hasta ahora, casi inmaculado historial.

La versión de este nuevo clásico de nuestro teatro -probablemente surgido de la pluma del gran Lope, aunque no confirmado- peca de una serie de particularidades escénicas incomprensibles, por su incongruencia y anacronismo, como por ejemplo, la reubicación de la trama en el siglo XXI. Algo similar hizo Vasco hace 4 años con la que, para mí, es la mejor obra de Lope, El castigo sin venganza, al trasladar la historia sucedida en Ferrara -Italia- desde el siglo XVII hasta la época de Mussolini. Aquello, aunque me costó un poco asimilarlo, terminé reconociéndoselo porque estaba justificado y era plenamente coherente, dado que el texto en ningún momento contiene referencias histórico-temporales, cosa que sí sucede en La Estrella de Sevilla.

Si ya de por sí choca un poco ver a los personajes de una obra del Siglo de Oro vestidos impecablemente de etiqueta -excelente labor de Lorenzo Caprile, todo sea dicho-, y peleando con tizonas características de la Edad Media, el anacronismo se convierte en aberración cuando el protagonista de la historia es el rey don Sancho IV de Castilla, “El Bravo”, segundo hijo de Alfonso X “El Sabio”. ¿Cómo puede ir un rey castellano medieval -y todos los personajes, en general- vestido como si fuese un “men in black”, gafas de sol incluidas cuando va embozado? Es algo que roza lo esperpéntico.

La escenografía, muy de Eduardo Vasco: minimalismo y sobriedad casi absoluta, acorde con las costumbres del director madrileño, con apenas unos cuantos bloques rectangulares de madera que, en un principio, estaban situados al fondo del escenario, sirviendo de “banquillo” -al estilo de las competiciones deportivas- para los personajes que aguardaban su entrada; siendo los propios actores los encargados de irlos colocando -como si fueran empleados de IKEA- en el escenario de forma coreográfica, según las necesidades de cada momento. Una idea ciertamente original -no todo iba a ser negativo en la labor de Vasco-, así como la distribución de los actores “suplentes” sobre el escenario en algunas partes de la obra; pero con el inconveniente de que, a medida que ésta iba transcurriendo -sobre todo mientras se acercaba el final-, todo esto se iba haciendo más confuso que otra cosa.

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

A raíz de esto, especialmente errónea también fue la forma de ir sacando a los personajes que iban falleciendo, sobre todo a un Busto Tavera que iba marchándose del escenario por su propio pie, parsimoniosamente, mientras Sancho Ortiz ni tan siquiera había terminado su parlamento de lamentos por haberle dado muerte; es decir, sin esperar ni siquiera al cambio de escena.

Sobre la música, luces y sombras: magnífica la idea -también habitual en Vasco- de introducir un violín barroco y, prácticamente, convertir a su intérprete en un personaje más; pero, por el contrario, la música enlatada fue desesperante, tal vez fruto de la exageración con la que se trataron algunas escenas, como por ejemplo la pasajera enajenación mental que sufre Sancho Ortiz, en el tercer acto; el cual en líneas generales, transcurre bajo la pauta de la confusión casi total en los espectadores, provocada sobre todo por la precipitación con la que Eduardo aborda la parte final de la obra.

Sin duda lo mejor de la version, lo que la libra del cero absoluto, es la actuación de los dos principales actores masculinos, los intérpretes de “los dos Sanchos”. Daniel Albaladejo borda el papel del rey Sancho IV, actuando con el estilo propio y característico de uno de los mejores y más versátiles actores de hoy en día, como lo es él. Por su parte, Jaime Soler le da una réplica cuasi perfecta con don Sancho Ortiz de Roelas; mientras que Muriel Sánchez, por el contrario, estuvo más deslucida en su papel de la bella Estrella Tavera.

De los secundarios, es preciso destacar al veterano Arturo Querejeta, brillante por momentos dando vida a Busto Tavera -hermano de Estrella-; Eva Trancón -Natilde, criada de Estrella-; y a Francisco Rojas, en el papel de Don Arias, el consejero del rey. El resto, desigual.

En conclusión, querido Eduardo, parafraseando lo que le dijo a mi progenitor una maestra de Lengua que tuvo él a finales de los sesenta en 1º de Magisterio, es el primer suspenso que te pongo; porque dos estrellitas para ti y para la CNTC significan un suspenso. Ojalá que, al igual que ocurrió posteriormente con mi padre, sea el único. En el programa oficial de la obra solicitas “que perdonen nuestras faltas, como la tradición aconseja”; pues bien, señor Vasco, perdonado queda usted. Pero que no se vuelva a repetir.

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