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Blanca Portillo, el perfecto Segismundo


CRÍTICA TEATRAL

OBRA: LA VIDA ES SUEÑO
AUTOR: Calderón de La Barca
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Blanca Portillo, Joaquín Notario, Marta Poveda, David Lorente, Fernando Sansegundo, Rafa Castejón, Pepa Pedroche, Pedro Almagro, Ángel Castilla, Óscar Zafra, Alberto Gómez, Anabel Maurín, Mónica Buiza, Damián Donado y Luis Romero.
MÚSICA: Daniel Garay (Percusión), Juan Carlos de Mulder (Guitarra barroca), Anna Margules (Flauta de pico) y Ana Álvarez (Viola de gamba)
ESCENOGRAFÍA: Mambo Decorados, Sfumato
VESTUARIO: Cornejo, Ahmed Meziane, Ángel Domingo y Vito Montaruli
VERSIÓN: Juan Mayorga
DIRECCIÓN: Helena Pimenta
LUGAR: Hospital de San Juan (Almagro, Ciudad Real)
DÍA: 13-7-2012
AFORO: Casi lleno
DURACIÓN: Algo más de dos horas
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Esperaba con mucha expectación este montaje de La vida es sueño por diversas razones, como por ejemplo ser la primera representación que tenía la oportunidad y la decisión de ver de uno de los dos o tres textos por excelencia de los Siglos de Oro; ser la primera función que iba a presenciar en la cuna actual del teatro clásico español, Almagro -aunque no en el Corral de Comedias, eso llegaría al día siguiente-; o comprobar cómo se desenvolvería una actriz como Blanca Portillo en la piel de un personaje como Segismundo.

No es que dudara de la capacidad profesional e interpretativa de Blanca con respecto a los personajes masculinos; no en vano ya dio vida de forma sobresaliente al inquisidor Fray Emilio de Bocanegra en Alatriste. Pero Segismundo es otra cosa. El encarcelado hijo del rey Basilio de Polonia tal vez sea, junto al Duque de Ferrara de El castigo sin venganza (Lope de Vega), el personaje más complejo y mejor creado de todo nuestro teatro clásico; y para interpretarlo de forma convincente no hay que ser ni hombre ni mujer: simplemente hay que ser muy bueno.

Y Blanca Portillo no sólo lo es en general, sino también -y muy especialmente- esta ocasión. Comenzó algo precipitada, pero rápidamente se templó y nos ofreció a los espectadores presentes en el antiguo Hospital de San Juan una de las clases de teatro más magistrales que yo haya podido contemplar. Blanca paró, templó y mandó, marcando y respetando los tiempos interpretativos como a pocos les he visto, sobre todo en el memorable gran monólogo, el de finales del segundo acto. Fue -y es-, en resumidas cuentas, el perfecto Segismundo.

Aunque esta versión de la Compañía Nacional de Teatro Clásico no sólo es Blanca Portillo. También nos ofrece las magníficas actuaciones de un veterano como Joaquín Notario y de una joven como Marta Poveda. Con muchas tablas y todavía más años sobre los escenarios, Notario, tras hacer de Segismundo años atrás, se transforma ahora en un más que notable rey Basilio; mientras que Poveda, popular para el público televisivo por su papel en Escenas de matrimonio, es en La vida es sueño una Rosaura también un poco precipitada en su actuación al principio, pero estupenda a medida que transcurre la obra.

Quizás donde el montaje flojea un poco interpretativamente sea en el personaje de Astolfo, al menos para mi gusto. Rafa Castejón presenta un Astolfo especialmente “suave”, aunque eso sí, con una muy buena dicción del verso. Por el contrario, David Lorente con Clarín sí que cumple perfectamente con su cometido, el de mostrarnos a un personaje verdaderamente aprovechado de la vida y con buenas dosis de gracia y humor, tal y como lo creó Calderón. Fernando Sansegundo (Clotaldo) y Pepa Pedroche (Estrella) mantienen el tipo.

En el resto de aspectos el nivel apenas si decae, antes al contrario; aunque es verdad que con los efectos “especiales” -llamémosle así- utilizados al declararse la lucha de Segismundo contra su padre se pasan un poco. El decorado está muy bien construido, con sus entradas y salidas y con la presentación del Segismundo encarcelado desde abajo; el vestuario y el atrezzo, adecuados -aunque reconozco haber sentido algo de apuro cada vez que paseaban por los aires a Blanca Portillo, que fueron varias, ante el tan hipotético como improbable fallo de los arneses-; mientras que con la música, en vivo y en directo, Helena Pimenta continúa la pauta no iniciada pero sí especialmente desarrollada durante la época de Eduardo Vasco.

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Vivencias teatrales en Almagro…


Cierro los ojos, y todavía me parece estar cogiendo el AVE que nos llevó a mis amigos más cercanos y a mí mismo a tierras manchegas.

Cierro los ojos, y todavía siento llegar a esa estación/apeadero más parecida a la de muchas películas del oeste que a la de la España del siglo XXI. La de ALMAGRO, pueblo de rancio abolengo medieval y renacentista, y sede por excelencia del mejor teatro español de la historia gracias a su FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO.

Cierro los ojos, y todavía me parece llegar a ese austero alojamiento, sin aire acondicionado -por fortuna tampoco hizo tanta falta- pero con suma tranquilidad y mucho aroma claustral: la Hospedería de Almagro.

Cierro los ojos, y todavía respiro el aire puro teatral que corre por la Plaza Mayor y por muchas de las calles del pueblo cada año, durante el mes de julio.

Cierro los ojos, y todavía disfruto con toda la historia escénica y social de los Siglos de Oro que desprende el Corral de Comedias; y también con las joyas expuestas en el Museo Nacional del Teatro.

Cierro los ojos, y todavía gozo en el paladar las excelencias de productos típicos y no típicos, con mención especial para los “quijotescos” duelos y quebrantos: una bomba de relojería si los comes frecuentemente, pero un verdadero disfrute de sensaciones si los degustas con moderación.

Cierro los ojos, y todavía creo estar sintiendo la magistral interpretación de ese Segismundo de La vida es sueño llevado a escena por BLANCA PORTILLO, junto a magistrales veteranos como JOAQUÍN NOTARIO y jóvenes prometedores como MARTA POVEDA.

Cierro los ojos, y todavía me veo -nos veo, chicos- compartiendo impresiones y recuerdos de otros años junto a la modernizada -muy a su pesar- Santa Teresa de Jesús que es nuestra querida CLARA SANCHIS, excelente actriz y MEJOR PERSONA aún.

Cierro los ojos, y me acuerdo de la simpatiquísima camarera del bar-cafetería Teo; y de la dependienta de la tienda Alma de Almagro que nos atendió con tanta amabilidad y atención; y también de TEÓFILO y la peculiar cocinera de Valdeolivo. Y, cómo no, de la gran CHARO LÓPEZ, con la que si no nos cruzamos diez o quince veces, no lo hicimos ninguna.

En definitiva, cierro los ojos y aún me parece seguir estando en Almagro; aunque ya me encuentre de vuelta en tierras sevillanas. Muchas gracias -además de a todos los anteriormente mencionados- a LAU y RAFA por insistirme tanto para poder disfrutar esto con vosotros; a ESPE, por vivir junto a mí y junto a todos nosotros una nueva aventura -y van ya muchas- que contar a nuestros respectivos nietos; y a MARÍA JESÚS, por aportar su granito de arena, completando la expedición, en un fin de semana del que nos acordaremos siempre, deseando eso sí que no sea irrepetible.

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Entrevista con Mercedes de los Reyes sobre el teatro en Sevilla (2007)


(Como todavía estamos en la semana del Día Mundial del Teatro, además del reciente artículo sobre Eduardo Vasco me ha parecido oportuno recuperar la entrevista que, en enero de 2007, me concedió mi ex profesora de la Universidad de Sevilla y especialista en teatro clásico Mercedes de los Reyes, con motivo de un trabajo para la carrera de Periodismo; y que meses más tarde se publicó en el número 24 de la revista sociocultural Tahona, de Almensilla)

Mercedes de los Reyes Peña es profesora titular del departamento de Literatura Española de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla. Gran especialista en teatro clásico y, sobre todo, en Lope de Vega (cada año imparte en la Facultad la asignatura “La comedia española: ciclo de Lope”), también es, entre otras cosas, coordinadora del SIDCA (Seminario de Investigación de Dramaturgos Clásicos Andaluces) y colaboradora ocasional del boletín trimestral de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con la que mantiene frecuente contacto. Nos hemos puesto en contacto con ella, que ha accedido amablemente a que le realizáramos la entrevista que expondremos a continuación:

En primer lugar, me gustaría que nos diera un panorama general de la situación del teatro, o más bien de la oferta teatral, en nuestra ciudad durante los últimos años.

Bueno, pues como sabes fundamentalmente tenemos dos teatros, uno que es municipal, el Lope de Vega; y otro que depende de la Junta de Andalucía, que es el Teatro Central. Durante algún tiempo, en el Lope de Vega la programación ha sido más de teatro clásico (incluyendo obras del XVIII y el XIX); mientras que en el Teatro Central se estrenan las obras que produce el Centro Andaluz de Teatro (CAT) y también obras de teatro más de vanguardia. Pero en el Lope de Vega eso está cambiando desde que el nuevo director, Antonio Álamo, asume su cargo, ya que desde entonces también se están exponiendo allí más obras de grupos de vanguardia, sin olvidarnos pese a todo de que antes compañías como Els Comediants, Els Joglars, también han venido. Eso sí, cuando hay alguna obra de teatro clásico el Lope de Vega sigue siendo el sitio por antonomasia.

Después hay otras salas alternativas, como por ejemplo La Imperdible, en las que yo no sé ahora mismo qué suele haber, pero hasta hace poco estaba un grupo de enseñanza, Territorio de Nuevos Tiempos, dirigido por Ricardo Iniesta, el cual era una especie de escuela de arte dramático que montaba obras; y también tenemos la producción del Conservatorio como parte de su actividad habitual, así como actividades docentes. Pero no hay más que consultar la prensa y observar la oferta de las salas alternativas para ver que es muy importante. Otra sala importante es La Fundición, situada en el enclave de la Casa de la Moneda, que está apostando por un teatro actual. Leer el resto de la entrada »

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La consagración de “Rakatá”

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: El castigo sin venganza
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Rakatá Teatro
REPARTO: Mario Vedoya (Duque de Ferrara), Alejandra Mayo (Casandra), Rodrigo Arribas (Federico), Jesús Fuente (Batín), Lidia Otón (Aurora), Bruno Ciordia (Marqués Gonzaga), Jesús Teyssiere (Ricardo), Manuel Sánchez Ramos (Floro), Belén Ponce de León (Lucrecia), Jordi Dauder (Voz en off) y Patricia Kraus (Canción)
DIRECCIÓN: Ernesto Arias
VERSIÓN: Grupo PROLOPE
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 17-12-2010
DURACIÓN: 115 minutos
CALIFICACIÓN: * * * * (Sobre 5)

Hace algo más de un año Rakatá Teatro ya me había causado una gran impresión con el montaje de Fuenteovejuna; pues bien, la versión que el Grupo PROLOPE ha hecho de El castigo sin venganza para esta joven compañía y su puesta en escena no han servido sino para confirmarme todo lo bueno que demostraron en su presentación en Sevilla.

Conozco muy pocas versiones representadas de este enorme clásico de Lope, engendrado en 1631, durante su etapa de senectud: la de 2005 de Eduardo Vasco para la Compañía Nacional de Teatro Clásico; otra de Adrián Daumas en 2003 -que circula por Youtube-; y ahora ésta, además de un intento fallido de montaje de quien les habla con sus amigos hace ya como tres años.

Sinceramente, es una verdadera lástima que este texto, esta joya de los Siglos de Oro en España, apenas si se dé a conocer para la enorme calidad que tiene; así que les agradezco enormemente a Rakatá el que lo hayan recuperado para el público en general y para los “lopistas” filólogos en particular, y además de esta forma.

Y eso que esta versión, en mi humilde opinión, tiene fallos visiblemente notables, especialmente el recurso de la narración en off. Este recurso, con el que se pretende reflejar la narración de la novela corta de Matteo Bandello en la cual se inspira Lope, hace que los que apreciamos El Castigo con gran sensibilidad -por lo menos un servidor- comencemos la obra poco menos que horrorizados, ya que el experimento de combinar a los dos “padres” de la historia no puede salir peor.

Qué manera de “cargarse” la presentación del duque -y del argumento en general-, y qué manera de saltarse una escena con parlamentos realmente magníficos, como lo es la primera. De verdad que a uno en ocasiones le entraban ganas de levantarse y “pedirle” a ese narrador que se callara, sobre todo cuando corta la intervención, también en off -cantada y musicalizada-, de Andrelina. Afortunadamente esta metedura de pata no se prolonga durante demasiado tiempo.

Otro error es la inclusión del elemento principal de la escenografía, una serie de columnas que hacen las veces de sauces cuando Federico va a por Casandra, pero que luego sirven más bien de poco y que, en ocasiones, no hacen sino entorpecer la visión del público, parte del cual -los situados en los laterales de las primeras filas- prácticamente se ve privado, por ejemplo, del precioso golpe visual introducido justo cuando concluye la obra. Una escenografía que, en el resto de los detalles, cumple perfectamente.

Son, a mi modo de entender, las “marras” que impiden que la puesta en escena sea redonda al 100%; porque, por lo demás, todo va remontando progresivamente hasta llegar a un tercer y último acto verdaderamente apoteósico. Y gran parte del mérito la tiene Mario Vedoya.

Este veterano actor argentino, afincado en España desde hace años, nos da toda una lección sobre cómo hay que meterse en el papel de un personaje tan rico como el Duque de Ferrara. Vedoya se hace progresivamente, sin exageraciones de ningún tipo, el amo del escenario. ¿Cómo? Clavando el personaje, así de simple, con su presencia en escena, su versificación y sus acertadísimos cambios de registro de voz.

Tampoco le van a la zaga Jesús Fuente y Lidia Otón. El primero, que ya estuvo en el elenco de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2005 pero en el papel de Ricardo, nos muestra un Batín sobresaliente, en la línea del “gracioso” del teatro áureo español pero con sus dosis de dramatismo, justo como lo ideó Lope para El Castigo. Se notan sus tablas.

De Lidia Otón debo decir que, en principio, dado que hace un año se metió en la piel de Laurencia, me esperaba que fuera quien diese vida a Casandra; pero no es así. Lástima, porque esta gran actriz, descubierta por mí para el teatro en Fuenteovejuna, provoca que Aurora, metafórica pero casi literalmente, se coma a Casandra, a Federico, al Marqués Gonzaga y a todos los que comparten escena con ella, salvo al Duque. Y se los come no porque todos estén mal, sino porque ella lo hace fenomenal.

No obstante, cierto es que la pareja Casandra/Federico se muestra algo irregular. Alejandra Mayo y Rodrigo Arribas son dos jóvenes actores para dos jóvenes personajes; en su juventud quizás vaya implícito alguno de los “pecados” en los que incurren este tipo de actores cuando se les pone por delante un texto clásico. “Pecados” relacionados en primer lugar con la deficiente versificación o dicción del verso de la que adolecen por momentos -un mal que, esperemos, puedan ir puliendo al paso de los años con la ayuda de los veteranos-, y con las lagunas de mantenimiento de la tensión dramática del texto.

Aunque a su favor hay que decir que ambos, en las escenas claves, por lo general dan la talla -tal vez en un tono un poco bajo, eso sí-, y que en los “téte a téte” nos ofrecen una bonita y acertada coreografía de movimientos, muy acorde a lo que el texto va pidiendo y que se extiende también al resto de los personajes en momentos puntuales.

Es un análisis más o menos pormenorizado de una puesta en escena en la que en su inicio te dan ganas de ir preparando los tomates pero que, con su progresiva evolución, te va demandando sacar a hombros a todos sus protagonistas. Acudan a verla si no al “Lope de Vega” sevillano sí donde quiera que vayan; exceptuando los primeros 15 minutos saldrán con la sensación de que pocas veces un tiempo y un dinero pueden estar mejor invertidos.

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Ya hasta por los clásicos del Siglo de Oro

Cuando creo que los de la SGAE no pueden sorprenderme más, van y lo consiguen. Porque si esto no es ya pasarse tres pueblos entonces que baje Dios y lo vea:

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/08/13/cultura/1250160931.html

Tanto es así que para eludir el atraco de estos “señores” este año han tenido que hacer una versión más libre todavía. Ay, si Calderón levantara la cabeza…

Por cierto, y Francisco Brines -el adaptador de la obra-, ¿qué dice de todo esto? Más que nada para saber si incluirle o no entre los que tienen la cara como el cemento…

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“Rakatá”, una compañía a tener muy en cuenta

El equipo de trabajo CRÍTICA TEATRAL

OBRA: Fuenteovejuna
AUTOR: Lope de Vega
COMPAÑÍA: Rakatá
REPARTO (principales personajes y actores): Jesús Fuente (Fernán Gómez, Comendador de Fuenteovejuna); Lidia Otón (Laurencia); Bruno Ciordia (Frondoso); Luis Moreno (Flores); Cristóbal Suárez (Rodrigo Téllez Girón, Maestre de Calatrava); Inge San Juan (Pascuala); Óscar Zafra (Mengo); Roberto Mori (Barrildo); Mario Vedoya (Alonso, tío de Laurencia); Paco Luque (Juan Rojo); Rodrigo Arribas (Rey Don Fernando); Elia Muñoz (Reina Doña Isabel); Emilio Buale (Don Manrique); Jesús Teyssiere (Cimbranos); Alejandra Sáenz (Jacinta); Andrés Rus (Leonelo); y la colaboración especial de Gerardo Maya (Esteban, alcalde de Fuenteovejuna y padre de Laurencia).
DIRECCIÓN: Laurence Boswell
LUGAR: Teatro Lope de Vega (Sevilla)
DÍA: 28-11-2009
DURACIÓN: 2 horas y 25 minutos, con 15 de descanso.
CALIFICACIÓN: **** (Sobre 5)

Reconozco haber asistido ayer al Lope de Vega para ver mi primera versión de Fuenteovejuna (imposible mejor escenario para traer a Sevilla la obra cumbre del Fénix) sin tener ni idea de la compañía que la representaba, Rakatá. Sólo el cartel del montaje, compuesto por un montón de personas a las que es casi imposible distinguir por lo minúsculo de las fotos que se les dedican y, para qué negarlo, estaba un poco temeroso ante la posibilidad de que éstos “destrozaran” el clásico por excelencia de Lope de Vega. Las bodas de Frondoso (aquí Roberto Mori) y Laurencia (Lidia Otón)

Pero cuando al comenzar van apareciendo los actores y uno descubre que entre ellos hay notables rostros de la escena y de la interpretación en general; y cuando esta mañana, investigando un poco, veo que el encargado de edición es un filólogo como Alberto Blecua, y que el director es ni más ni menos que Laurence Boswell (uno de los más importantes del mundo, cuya compañía habitual, ni más ni menos que la Royal Shakespeare Company de Londres, lleva ya algún tiempo colaborando con la que está este fin de semana en la capital andaluza), un servidor comprende que el resultado de lo que Rakatá ha preparado difícilmente debe y puede ser inferior al que es: un extraordinario montaje en el que estos chicos de San Sebastián de los Reyes no han escatimado esfuerzo alguno, ni en vestuario, ni en maquillaje, ni en escenografía (en el fondo) y, por supuesto, ni en calidad interpretativa.

Los villanos (a la derecha Bruno Ciordia, el Frondoso de ayer y aquí Barrildo) recogiendo a Esteban (Gerardo Malla), golpeado por el Comendador Desde mi asiento en la primera fila del patio de butacas (no había más entradas cuando fui a comprarlas; el sitio tiene sus inconvenientes pero se goza de la perfecta observación de cualquier mínimo detalle por parte de los actores) pude observar que la cosa “iba en serio” cuando vi que el primer actor en aparecer en escena era Jesús Fuente, un antiguo miembro de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del elenco al que habitualmente sigo cuando puedo. Fuente es un habitual de los papeles secundarios, pero en la representación de ayer salió ni más ni menos que como Fernán Gómez, el Comendador de Fuenteovejuna, bordando un papel que no iba a ser el suyo (si se ve la página de Rakatá se puede comprobar que aparece como Ortuño), pero en el que debió entrar en sustitución de Alberto Jiménez. En ese mismo momento comprendí que el producto iba a ser muy bueno, como así fue.

Las mujeres de Fuenteovejuna acosan al traidor Flores (Luis Moreno), criado del Comendador
Notables fueron también las interpretaciones de la pareja de labradores protagonistas, realizadas por Lidia Otón (conocida por el “gran público” por su papel de secretaria de Don Pablo en Cuéntame cómo pasó) y Bruno Ciordia (otro de los que hizo un papel radicalmente diferente al que le correspondía originalmente); así como la de un Óscar Zafra que resultó ser un perfecto Mengo. Pero la guinda en este sentido fue la inclusión en el reparto de todo un veterano de los escenarios como Gerardo Malla, que en la piel de Esteban otorgó a los versos de Lope una maestría especial. Todo ello acompañado de diferentes momentos de música, canto y baile (como el recibimiento al Comendador por parte de los villanos en el primer acto, o las bodas de Frondoso y Laurencia), perfectamente ejecutados por parte del grupo de más de treinta actores de los que se compone el elenco. Aire fresco, pues, con una faceta del arte que, si bien no es ni mucho menos una novedad, lo cierto es que no suele abundar para nada en el teatro clásico español.

El Comendador (ayer Jesús Fuente, aquí Alberto Jiménez) se regodea ante un preso Frondoso (aquí Roberto Mori) Escenográficamente, la base del montaje es un enorme recinto de múltiples lados situado en el centro del escenario, a través del cual van entrando y saliendo los personajes (junto a los laterales), y con el que se nos van anunciando los diferentes cambios de lugar que caracterizan a la obra (recordemos que con Fuenteovejuna Lope rompe la regla de las tres unidades que prevalecía en el teatro hasta entonces). Asimismo también es destacable la colocación de un pequeño “estanque” con agua al pie del escenario.

El vestuario es otro punto fuerte. Rakatá no ha reparado en ningún tipo de esfuerzos a la hora de vestir a los actores, caraterizándolos perfectamente como villanos de la época, soldados, miembros de la orden de Calatrava y Reyes Católicos, respectivamente. El maquillaje usado, por su parte, otorga un mayor grado de dramatismo y de realismo a los violentos momentos que van teniendo lugar en Fuenteovejuna a medida que a transcurriendo la acción. Se puede decir, sin ningún tipo de tapujos, que en el escenario la “sangre” corre de verdad, sin restarle ni un ápice de protagonismo a la interpretación de los actores.

En definitiva, excelente trabajo el desempeñado por todos y cada uno de los profesionales de Rakatá, una compañía joven (su primer montaje data de 2003) pero que en los últimos años se está convirtiendo en una importante alternativa a la Compañía Nacional de Teatro Clásico a la hora de dar a conocer al público nacional algunos de los textos más significativos del teatro español de los Siglos de Oro. Al menos con Fuenteovejuna, en su primera visita a Sevilla, se han lucido de verdad.

Antes de terminar, no obstante, quisiera hacer una pequeña crítica a los responsables del Teatro Lope de Vega. Es, cuanto menos, incomprensible que los números de las localidades de algunas filas (por ejemplo la primera) estén o repetidos o mal colocados, con la confusión que, como es lógico, esto genera; y también es para que lo miren el hecho de tener que eliminar a última hora dos localidades por incompatibilidad con los elementos de la escenografía (en este caso la escalera de acceso al escenario, situada en un lateral en vez de en el centro) y no poner un aviso para dar a los dueños de dichas localidades la posibilidad de pedir una reubicación o, en su defecto, la devolución del importe de su entrada. Esto le sucedió ayer a dos espectadores (un padre y uno de sus hijos) en la zona izquierda de la primera fila, aunque por fortuna quedó alguna localidad sin vender y se les pudo reubicar.

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Primer patinazo de Eduardo Vasco

CRÍTICA TEATRAL

OBRA: La Estrella de Sevilla
AUTOR: Lope de Vega (atribuida)
COMPAÑÍA: Compañía Nacional de Teatro Clásico
REPARTO: Daniel Albaladejo; Jaime Soler; Muriel Sánchez; Arturo Querejeta; Francisco Rojas; Paco Vila; Eva Trancón; José Vicente Ramos; José Ramón Iglesias; Mon Ceballos; Fernando Sendino; Jesús Hierónides; Ángel Ramón Jiménez; e Isaac M. Pulet (violín barroco)
VERSIÓN Y DIRECCIÓN: Eduardo Vasco
LUGAR: Castillo de Niebla (Festival de Teatro Clásico y Danza 2009)
DÍA: 11-7-2009
DURACIÓN: 1 hora y 50 minutos (aprox.)
CALIFICACIÓN: ** (Sobre 5)

“¡Esto no parece la Compañía Nacional de Teatro Clásico, sino el IKEA!”, dijo mi querida amiga Laura, desesperada por lo que había visto, mientras degustábamos algunas tapas después de haber asistido a la representación. La frase, algo radical pero tan rotunda como ingeniosa, resume la opinión de la mayoría de aquellos seguidores de la CNTC que nos acercamos al Castillo de Niebla para ver La Estrella de Sevilla.

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

La Estrella de Sevilla. Foto: CNTC

Siempre he alabado el trabajo de Eduardo Vasco, sobre todo porque me ha dado motivos para ello. Normalmente suele bordarlo cuando introduce algunas de sus ideas “marca de la casa” en sus versiones; pero en esta ocasión ha querido rizar tanto el rizo que, para mí, la ha pifiado, echando un borrón en su, hasta ahora, casi inmaculado historial.

La versión de este nuevo clásico de nuestro teatro -probablemente surgido de la pluma del gran Lope, aunque no confirmado- peca de una serie de particularidades escénicas incomprensibles, por su incongruencia y anacronismo, como por ejemplo, la reubicación de la trama en el siglo XXI. Algo similar hizo Vasco hace 4 años con la que, para mí, es la mejor obra de Lope, El castigo sin venganza, al trasladar la historia sucedida en Ferrara -Italia- desde el siglo XVII hasta la época de Mussolini. Aquello, aunque me costó un poco asimilarlo, terminé reconociéndoselo porque estaba justificado y era plenamente coherente, dado que el texto en ningún momento contiene referencias histórico-temporales, cosa que sí sucede en La Estrella de Sevilla.

Si ya de por sí choca un poco ver a los personajes de una obra del Siglo de Oro vestidos impecablemente de etiqueta -excelente labor de Lorenzo Caprile, todo sea dicho-, y peleando con tizonas características de la Edad Media, el anacronismo se convierte en aberración cuando el protagonista de la historia es el rey don Sancho IV de Castilla, “El Bravo”, segundo hijo de Alfonso X “El Sabio”. ¿Cómo puede ir un rey castellano medieval -y todos los personajes, en general- vestido como si fuese un “men in black”, gafas de sol incluidas cuando va embozado? Es algo que roza lo esperpéntico.

La escenografía, muy de Eduardo Vasco: minimalismo y sobriedad casi absoluta, acorde con las costumbres del director madrileño, con apenas unos cuantos bloques rectangulares de madera que, en un principio, estaban situados al fondo del escenario, sirviendo de “banquillo” -al estilo de las competiciones deportivas- para los personajes que aguardaban su entrada; siendo los propios actores los encargados de irlos colocando -como si fueran empleados de IKEA- en el escenario de forma coreográfica, según las necesidades de cada momento. Una idea ciertamente original -no todo iba a ser negativo en la labor de Vasco-, así como la distribución de los actores “suplentes” sobre el escenario en algunas partes de la obra; pero con el inconveniente de que, a medida que ésta iba transcurriendo -sobre todo mientras se acercaba el final-, todo esto se iba haciendo más confuso que otra cosa.

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

Daniel Albaladejo (Rey don Sancho) y Muriel Sánchez (Estrella Tavera). Foto: CNTC

A raíz de esto, especialmente errónea también fue la forma de ir sacando a los personajes que iban falleciendo, sobre todo a un Busto Tavera que iba marchándose del escenario por su propio pie, parsimoniosamente, mientras Sancho Ortiz ni tan siquiera había terminado su parlamento de lamentos por haberle dado muerte; es decir, sin esperar ni siquiera al cambio de escena.

Sobre la música, luces y sombras: magnífica la idea -también habitual en Vasco- de introducir un violín barroco y, prácticamente, convertir a su intérprete en un personaje más; pero, por el contrario, la música enlatada fue desesperante, tal vez fruto de la exageración con la que se trataron algunas escenas, como por ejemplo la pasajera enajenación mental que sufre Sancho Ortiz, en el tercer acto; el cual en líneas generales, transcurre bajo la pauta de la confusión casi total en los espectadores, provocada sobre todo por la precipitación con la que Eduardo aborda la parte final de la obra.

Sin duda lo mejor de la version, lo que la libra del cero absoluto, es la actuación de los dos principales actores masculinos, los intérpretes de “los dos Sanchos”. Daniel Albaladejo borda el papel del rey Sancho IV, actuando con el estilo propio y característico de uno de los mejores y más versátiles actores de hoy en día, como lo es él. Por su parte, Jaime Soler le da una réplica cuasi perfecta con don Sancho Ortiz de Roelas; mientras que Muriel Sánchez, por el contrario, estuvo más deslucida en su papel de la bella Estrella Tavera.

De los secundarios, es preciso destacar al veterano Arturo Querejeta, brillante por momentos dando vida a Busto Tavera -hermano de Estrella-; Eva Trancón -Natilde, criada de Estrella-; y a Francisco Rojas, en el papel de Don Arias, el consejero del rey. El resto, desigual.

En conclusión, querido Eduardo, parafraseando lo que le dijo a mi progenitor una maestra de Lengua que tuvo él a finales de los sesenta en 1º de Magisterio, es el primer suspenso que te pongo; porque dos estrellitas para ti y para la CNTC significan un suspenso. Ojalá que, al igual que ocurrió posteriormente con mi padre, sea el único. En el programa oficial de la obra solicitas “que perdonen nuestras faltas, como la tradición aconseja”; pues bien, señor Vasco, perdonado queda usted. Pero que no se vuelva a repetir.

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